Friday, March 08, 2013

Dos artículos en voz de mujer.


Sí, el día se presta. Nunca he sido defensor del tema feminista a ultranza. Y, sin embargo, bien se ha dicho que el Día Internacional de la Mujer no sólo es para celebrar a las damas con quienes tenemos la bendición de compartir este camino llamado vida, sino para que las propias mujeres cobren conciencia de lo que tienen, en materia de derechos y oportunidades -cuando las tienen- y de todo lo mucho, muchísimo que falta avanzar para lograr justicia y equidad, particularmente en países en los que ser mujer es una verdadera maldición, una pesadilla de la que no puede despertarse. Sin excluir, por supuesto, a nuestro país, en donde la violencia en contra de las mujeres aún no es erradicada y, por momentos, parece agudizarse. En donde sus derechos son pisoteados de maneras sutiles y brutales. En donde se respetan sus derechos, sólo si son francesas. 

Un breve y demoledor ejemplo lo tuve hace pocos días, cuando, por azares del destino, me tocó leer una sentencia específica de un tribunal de liberaciones de reclusos, de alguno de los estados de nuestra República.

El caso, en 4 enunciados:

  • Abuso Sexual, cometido en agravio de una menor de edad, por un hombre de 47 años.

  • La menor de edad tenía 6 años de edad, cuando ocurrieron los hechos. 

  • El agraviante fue sentenciado a 2 años y 8 meses de prisión, y recibió el beneficio de liberación anticipada por buena conducta. 

  • La agraviada recibió un 'pago de la reparación del daño' proveniente del delito, por la cantidad de $3,000.00 


Tan simple y asqueroso como eso. 

Imagino a cualquiera de nosotros, como padres o madres, recibiendo el 'pago de la reparación del daño', de parte de las autoridades:

"Aquí tiene, señora, la cantidad de tres mil pesos para reparar que a su niña le hayan destrozado la vida desde los seis años. Váyase tranquila, y que tenga un buen día." 

¿La mala noticia? 

La mala noticia es que este es uno de los 'casos buenos'. Uno de esos, en los que quien cometió el delito no tenía suficiente dinero como para evadir los cargos. Uno de esos, en los que la familia de la víctima pudo denunciar y llevar el proceso hasta sus últimas consecuencias. Y no, el pago y la sentencia no fueron amañados. Eso es lo que contempla la Ley

¿La buena noticia?

No la hay.

No hay buenas noticias cuando se habla de que algo así puede pasar en nuestro país, sin que se haga algo al respecto. 

Tal vez, lo único bueno es que, quienes llevaron este caso, son autoridades que sí se preocupan porque esto es lo que la Ley les obliga a hacer. Son personas a quienes conozco y admiro profundamente, y que se siguen sintiendo agobiadas por trabajar dentro de un sistema judicial para el que se dictan leyes desde curules de piel y escaños anatómicamente perfectos, que tienen muy poco que ver con la realidad. La realidad de la gente, la realidad de las víctimas, y también, la realidad de los sentenciados. 


Se los dejo para pensarlo en cualquier noche en la que no quieran dormir. 



Y ya. Yo sólo iba a poner dos artículos. Muy buenos. Léanlos mujeres. Léanlos, también, los hombres. Tal vez no sean lo máximo pero... expresan cosas, dicen cosas de esa condición que, el día de hoy, traerán a cuento tantos y tantas: el ser mujer. 
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ARTURO PÉREZ-REVERTE

Una mujer de treinta siglos
XLSemanal - 21/1/2013

Cambian los tiempos y las gentes. Cambia nuestra forma de ver el mundo y de vernos a nosotros mismos. A menudo esos cambios son para bien, y nada ha de objetarse a ellos. Otras, no del todo. No es tanto el bien que nos aportan, quiero decir, a cambio de lo que arrastran consigo. Hay cosas buenas que llevan implícitos sus daños colaterales propios. Sus estragos particulares. Y de todos los grandes cambios de nuestro tiempo, el de la situación de la mujer en la sociedad que aún llamamos occidental es, seguramente, uno de los más notables. De los más extraordinarios. He dicho y escrito alguna vez que las mujeres son el sujeto más interesante, el que mayores sorpresas aportará a este siglo XXI en elq ue aún nos encontramos, prácticamente, desayunando. En lo narrativo, por ejemplo, literatura, cine o televisión, a la hora de contar historias o plantear situaciones, la mujer es sin duda el personaje más prometedor. El que mayor juego dará en el futuro. Hablo de mujeres protagonistas por ellas mismas, enfrentadas a sus desafíos específicos, a sus territorios hostiles. A sus íntimas o públicas victorias y derrotas.

Después de tres mil años de literatura hablada, impresa o audiovisual, de La Ilíada a Mad Men, el hombre como norma de estilo, como eje narrativo, ha dado de sí cuanto tenía que dar; está más exprimido que un limón de paella. La mujer, sin embargo, enfrentada a desafíos antes inimaginables para su sexo, es cada vez más dueña de su destino, libra sus propias batallas, asedia o defiende sus específicas Troyas, se embarca de regreso a Itaca o navega con naturalidad antes exclusivamente masculina hacia la incierta isla de los piratas. Y lo que hace esa aventura tan fascinante para el lector observador es que todo esto lo realiza ella sin abandonar todavía esa zona gris, ambigua, situada entre lo que durante siglos la mujer ha sido y lo que será en el futuro; entre las viejas reglas escritas por los hombres y las que ella misma, con esfuerzo y tesón, intenta y consigue trazar ahora. Entre el instinto de supervivencia y caza autosuficiente, cada vez más firme, y el instinto de nido-útero-corazón que todavía, a veces -y en ocasiones para su desgracia-, no ha conseguido dejar atrás. O no quiere.

Sería ruin, sin embargo, despreciar a las otras mujeres; las que, sometidas durante siglos a códigos impuestos por los hombres, y considerando esas exigencias como destino ineludible y obligación, tejieron pacientes en telares, mantuvieron encendido el fuego que daba calor y vida, construyeron familias, sociedades, mundos, en torno a su vientre fértil y su voluntad tenaz y generosa. Sostuvieron, en suma, el pulso de la vida. En sociedades avanzadas como la europea y la occidental, ese modelo de mujer, esposa y madre abnegada, está en extinción, con sus ventajas y sus inconvenientes. Pero todos conocemos aún a mujeres como ésas, o tenemos memoria cercana: madres, tías, abuelas. Memoria de admirada ternura. Aquél era otro mundo, ellas no pudieron elegir, y sin embargo supieron estar a la altura moral que ese mundo injusto les exigía.

Pensé en esas mujeres admirables el otro día, cuando mi amiga Concha Fernández, de la universidad de Sevilla, con la que desde mi modesta situación de aficionado comparto el gusto por las antiguas inscripciones sepulcrales, me envió un estudio sobre el epitafio de una mujer romana de la segunda mitad del siglo II. Y mientras leía el hermoso texto grabado en mármol, pensé que éste podría, perfectamente, honrar la memoria de tantas sombras queridas que pueblan la mía y la de casi todos ustedes: mujeres ya fallecidas o afortunadamente vivas, que todos conocimos o conocemos, para las que parece escrito este elogio fúnebre: «Tú, tan grande, guardada en una urna tan pequeña (...)Intachable en su casa y de sobra intachable fuera de su casa, era la única que podía afrontarlo todo(...) Fue siempre la primera en abandonar el lecho, y también la última en irse a descansar tras haberlo dejado todo en orden; la lana nunca se apartó de sus manos sin una razón, y nadie la superaba en ganas de agradar; sus costumbres eran muy saludables. Nunca pensó en sí misma,nunca se consideró libre». Eso es todo. Pero cuando releo las líneas anteriores, comprendo que esta página la he escrito con el solo objeto de compartir con ustedes las dos frases finales: «Nunca pensó en sí misma, nunca se consideró libre». En treinta siglos de literatura y de Historia, creo que nunca nadie resumió de modo tan preciso, tan bello, tan justo y tan triste, la historia de las mujeres como la resumen esas nueve palabras.



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LEILA GUERRIERO

Me gusta ser mujer (y odio a las histéricas)
ElMalpensante.com

Pocas veces el cliché que hablaba del sexo débil ha padecido palizas como la presente. La autora no será feminista, pero su manera de ser mujer implica una cierta militancia irrenunciable.


Un día mi padre me llamó y me explicó lo de la semillita, acariciándome la cabeza como si me estuviera dando el pésame. Entendí esto: entendí que el hombre metía un brazo adentro de la mujer —no me pregunten por dónde—, y que con los dedos —que en mi imaginación tomaban la forma de una tenaza que tenía mi abuelo Elías— plantaba una semilla. El procedimiento me pareció humillante y quirúrgico, pero enseguida vi que había solución:

—Yo voy a hacer al revés, le voy a meter una semilla a un hombre.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no.

“Porque sí” y “porque no” eran dos respuestas con mucho rating en casa, pero después de esta explicación botánica mi educación sexual tuvo todavía otro capítulo. Eran las cinco de la tarde de un año en el que tuve siete años. Volvía a casa caminando con Paola, una compañera de colegio, y el grito llegó como un baldazo: dos varones de séptimo grado, desde la vereda opuesta. Paola se arreboló. Le pregunté qué quería decir lo que nos habían gritado, y me mintió que no sabía. Paré a tomar la leche en casa de mi abuela Any y disparé:

—Abue, ¿qué quiere decir “las vamos a coger”?
—Quiere decir que te quieren tocar. Es algo que te hacen los varones. Es muy feo.

A los siete años, entonces, estaba segura de cuatro cosas acerca del sexo: a) que consistía en la introducción de una semilla; b) que eso probablemente se llamara coger —yo era intuitiva—; c) que se hacía con las manos o con tenazas, y d) que era algo muy feo que hacían los varones y que las mujeres, probablemente, padecíamos.


Putas. Eran todas putas. Las que atendían al sodero en bata, las rubias, las viejas que no usaban enagua. Si caminabas moviendo el culo, eras puta. Si volvías a tu casa después de las once de la noche, eras puta. Puta era la que iba al colegio con las uñas pintadas, puta la divorciada y puta la hija de la divorciada.

En Junín, provincia de Buenos Aires, la ciudad donde viví hasta mis 17, la vida era complicada si nacías varón: había demasiadas opciones. Pero si nacías mujer era fácil. Tenías que tomar una sola decisión: eras casta o eras puta. Y si eras como yo —estudiosa, clase media, hija de padres respetables—, se descontaba que puta no, y que te ibas a casar con el himen enterito, si era posible con tu primer novio. Ahora tengo 37, vivo en Buenos Aires desde los 18, comparto casa con Diego hace 9 y me piden que escriba sobre lo que me hace mujer. Lo que me ancla del lado hembra de las cosas. Se me ocurre que a) no quiero escribir unos párrafos que pudieran someterse al título “Me gusta ser mujer”, y b) que ser mujer en Junín fue una experiencia cercana a lo vergonzante e imposible de obviar porque allí empezó todo. Yo era un dechado: 11 añitos, moralista, recatada. Mis padres no me dejaban usar tacos altos, ni polleras cortas, ni maquillaje. Mi madre me promocionaba como si yo me mantuviera alejada de las tentaciones por voluntad y no por prohibición.

—Ay, qué grande que está —decían sus amigas, y mamá completaba:
—Sí, es muy madura para la edad que tiene.

Madura quería decir que yo no contradecía sus órdenes y que, por lo tanto, nadie me había besado ni tocado y que, aunque a escondidas leyera la Justine del buen marqués y me agarrara bruta calentura, las cosas seguían bien porque nadie se enteraba. La inocencia iba primero, y no importaba mucho si era real o fingida: importaba lo que estaba a la vista. Y lo que estaba a la vista era yo, tan casta.


El sexo prometía más amenazas que el hombre de la bolsa. Entonces, era mejor no averiguar y mantenerlo lejos. Fue así hasta mis 9 o 10 años, cuando le pedí explicaciones a una amiga mayor.

—Me explicás todo, ya.
—No, me da vergüenza.

Acá había algo interesante. Le ofrecí mi juego de mesa preferido a cambio de algunas precisiones, nos encerramos en mi cuarto y me explicó. Me dio impresión. Sobre todo lo del pito. Suponía que esa cosa parecida a un tornillo, que sólo había visto en los bebés o en mi hermano menorísimo, tenía que adquirir una consistencia casi metálica. El pito pasó a ser un arma amenazante y escondida. En un baldío cercano a la escuela las paredes estaban repletas de unos dibujos como aviones con alas desplegadas y grandes soles oblongos con pestañas (unos sexos que ahora se me ocurren aterradores), pero los aviones y los soles pestañudos no se parecían a nada que yo guardara bajo la bombacha o que adivinara detrás de las braguetas que husmeaba con discreción. Tenía miles de dudas, pero pánico de compartirlas con mis amigas. Es que en mi pueblo todas éramos vírgenes pudorosas hasta el casamiento. Todas. Yo era capaz de matar por esta convicción. Así era yo. Boba. No creía en Dios pero confiaba en El Himen.


Mi amiga mayor, la que me explicó los rudimentos del sexo, tuvo cuatro hijos. Cinco años después de casarse dejó estudio y empleo para mudarse a un pueblo de dos mil habitantes donde su marido había encontrado un trabajo que lo conformaba.

No sé en qué pensó mientras se mataba. No sé por qué se mató. Sé lo que pensé cuando la vi en su cajón: que había que tener cuidado. Que después de todo, la fórmula perfecta de la felicidad (hijos, marido, la casita con césped) podía no ser la fórmula perfecta de la felicidad.

Pero yo era joven, estaba rabiosa, se había muerto mi amiga y el mundo me debía una. De todos modos, me mantuve alerta.


Es noche de martes. Diego lava lechuga. Yo corto cebollas, pico tomates, controlo una salsa. Abrimos un vino. Después de comer, cruza sus cubiertos y me dice que qué bien cocino. Que soy rebuena ama de casa. Ahora —mucha confianza y años juntos— sólo finjo que me enojo y él, que me conoce, finge que se sorprende con mi ceño fruncido. Sabe que me gusta cocinar y tener la casa ordenada, pero sabe, también, que imagino el infierno bajo la forma de las tareas del hogar como ocupación obligatoria y excluyente. Tenemos cuentas separadas, casa compartida y responsabilidades iguales. En fin: casi. Porque si bien no hay nada que sea tarea exclusiva de Diego, sacar la ropa del tendedero y guardarla en los placares es una de esas cosas que “si-no-las-hago-yo-no-las-hace-nadie”. A Diego, simplemente, no le importa ver la ropa colgada durante meses, y yo prefiero que las medias y los calzones no me arruinen la vista del balcón, de modo que una vez por semana me transformo en mi mamá, que volvía del fondo con una parva de sábanas oliendo a sol, y junto la ropa recién lavada. Cada tanto me canso y revoleo mi derecho a la igualdad, entonces Diego dice con ternura “Sí, gordita, tenés razón”, dobla un par de remeras y a la semana otra vez: ahí voy yo, juntando broches por el balcón. También soy la encargada de la sección “Comidas difíciles” (Diego es del Club del Bifecito a la Plancha, si le toca cocinar). Si llego tarde a casa, sobre el pálido desierto de la mesada lucirá, con suerte, el laguito rojo de un tomate cortado al medio. Si es Diego el que llega tarde, de guacamole para arriba, habrá de todo. Antes pensaba que estas cosas —el orden, la comida caliente, una casa agradable— tenían que ver con cierta sensibilidad femenina en la que, por cierto, me cuesta creer: tengo amigos varones que viven solos y sus casas son tan agradables como la mía y cocinan mejor que yo. Prefiero creer que son síntomas —visibles— de mi educación de buen partido: prolija, limpita y ordenada. Cosas que aprendí de mi madre: perfumar la casa con cascarita de naranja, sacar las frazadas al sol. Cosas que, confieso, me gustan.

Pero también trató de enseñarme otras que no me gustaron tanto.

En 1979 yo ni soñaba en compartir mi vida con un hombre, pero tenía 12 años y supongo que mi madre habrá pensado que era momento de hablar, por primera y única vez, de mujer a mujer.

—Nena, vos ya sabés lo de la menstruación, ¿no?

Sí, yo ya sabía. Me recordó, entonces, lo que ella creía importante: en esos días no convenía que me bañara, tomara sol o hiciera gimnasia, mirá que la Patri, la chica de la esquina, se metió en esos días en un río cordobés y le dio tremenda hemorragia. Y ni hablar de tampones.

Pero el mismísimo día de mi primera menstruación me di una ducha de dos horas y me fui a mi clase de guitarra, atenta a posibles dolores, hemorragias de hecatombe. No pasó nada. De a poco subí la apuesta. En esos días hacía más gimnasia, corría más, saltaba más alto. Mi cuerpo respondía con orgullo. Ningún espasmo. Ningún flujo imparable. Al poco tiempo descubrí que los tampones no estaban contraindi­cados para chicas vírgenes. Después de eso, el amplio fol­clo­r menstrual (no podías tomar aspirinas porque te mo­rías desangrada, había que comer remolacha porque te hacía sangre, las pastillas para los dolores menstruales te daban cáncer) empezó a parecerme muy ajeno. Me gustó mens­­truar. Aunque en el barrio era una enfermedad que había que soportar con discreción (la mamá de una amiga no se lavaba las manos cuando menstruaba: se las repasaba con un trapo húmedo, no fuera cosa...), empecé a mencionar el asunto sin pudor en mi casa.

—Me indispuse —tiraba, a la hora del almuerzo—. Ay. Me duele un ovario.


Mi padre se compadecía en silencio, mamá clamaba por discreción y mi hermanito preguntaba “¿Qué dijo, qué dijo?”, pero nadie se animaba a hacerme callar. Una mujer mens­truante era, antes que nada, una persona inimputable.


—¡¿TANGO!? ¡¿VOS!?

Preguntó mi madre en el teléfono y yo dije que sí y a ella le pareció espantoso.

—¡Esa música de viejos, qué decadente!

Mi amiga Mariana dice que probablemente tratar de explicarle a mi madre por qué por estos días Diego y yo estamos aprendiendo a bailar el tango sería como que dentro de cuarenta años un grupo de personas de treinta y pico intentara explicarnos a nosotras por qué ellos se juntan los sábados para escuchar a Menudo y Los Parchís. Es probable. De todos modos, Diego y yo estamos aprendiendo a bailar el tango, y nos gusta, y juro que no sé por qué todos en las clases se sienten obligados a subrayar con una sonrisita socarrona cualquier alusión al machismo tanguero, pero nadie que yo conozca se altera con la publicidad televisiva del pan lactal en rebanadas Bimbo.

Pan Bimbo, toma uno: en un recinto repleto de hombres, una mujer se tapa la corredura de la media antes de levantarse y caminar a sala traviesa; otra muchacha, esta vez en una obra en construcción, habla por su celular mientras, maternalmente, le calza el casco a un obrero que no lo lleva puesto. Escena final: una mujer les sirve rebanadas de pan Bimbo a sus hijos. Una voz en off —de hombre— dice: “Las mujeres cambiaron, pero siguen siendo mujeres”.

Yo no soy una “mujer en rebanadas Bimbo”. A mí no van a darme permiso para hacer lo que quiero siempre y cuando cumpla con el sacrosanto fin reproductivo.

Si le pido a Diego que mencione siete diferencias entre hombres y mujeres dice “Ninguna”, y después dice “Sí, las tetas” y después dice “No, tampoco”, pero todos mis amigos están convencidos de que una madre es más importante durante los primeros años de vida de un crío que un padre.

—Y aparte de la teta, digamos, ¿qué te parece a vos que el padre no le puede dar al chico? —pregunto.
—Muchas cosas —dice mi amigo Juan—. La madre es irreemplazable.

Cuentos chinos, digo yo. Excusas para cargarles a las chicas todo el sambenito de la crianza. Prueben, si son hombres, pedir una licencia de tres meses en el trabajo para criar. Una larga carcajada será lo que reciban.

No. Eso a nadie le parece sexista. Pero el tango... ah, señores; el tango sí. El tango es la fuente de todos nuestros males.


Un día el himen, ese pedazo de piel responsable de tanto escándalo, dejó de parecerme importante. Había leído tanto sobre sexo —en los libros que no me dejaban leer, en las revistas que se suponía que no leía— que podría haber dado clases en un burdel, virgen y todo como era. Sabía que la pérdida de la virginidad era un rito de pasaje del que los hombres se sentían responsables y al que las mujeres le tenían pavor. Decidí que no iba a permitir que nadie cargara con la responsabilidad de haber finiquitado el parchecito. No diré ni cómo ni cuándo, pero no hubo sangre. No hubo dolor. Él no se dio cuenta y para mí no tuvo la menor importancia. Fue como yo quería. Sigo pensando que las mujeres cargamos con demasiadas funciones y órganos sobrevaluados. La virginidad, la menopausia, la mens­­truación, el primer polvo, los ova­rios. Y, claro, el embarazo. Nunca quise tener hijos.

Nunca me conmovió la idea de parir. Todavía me divierte el asombro que producen las palabras “no quiero”: hay quienes elaboran un consuelo (“Bueno, ya te van a dar ganas”), ensayan sospechas (“No podrá y dice que no quiere”) o se enojan (“No podés ir en contra del instinto materno”). Mi caso es más simple. No quiero. Nunca quise. No tengo ganas. Ni siquiera pienso en eso todos los días. Diría que ni siquiera pienso en eso todos los años.


El oficio me llevó a hacer entrevistas con madres solteras, casadas, divorciadas, adolescentes. Todas recitan que los hijos te hacen olvidar las dificultades, que el único sacrificio que hace una madre es no poder estar con ellos tanto como quisiera. Tanto consenso en el lugar común termina por no querer decir nada y despierta sospechas de sentimientos algo más bajos, inconfesables. Nunca me conmovió el parto con padre al lado, ni entiendo la sacralización de las embarazadas que vuelven, por obra y gracia de la hinchazón, a ser nenas inexpertas receptoras de todo tipo de consejos: “comé yogur, comé lentejas, tomá calcio, tomá leche”. ¿A ninguna le incomoda esa condición de caballo de Troya, de envase sobre el que todos tienen derecho? Hace poco una amiga, embarazada, se quejaba porque su obstetra la obligaba a hacerse decenas de análisis que ella creía innecesarios.

—Me hace perder un montón de tiempo. Los médicos piensan que sos una persona que está en su casa tomando licuados de vitamina y esperando que nazca el baby. Las salas de espera están repletas de embarazadas leyendo elPara Ti, aburridas, resignadas, y vos mirando el reloj porque a las once tenés una entrevista con el presidente de la primera aseguradora del país por un juicio millonario.

Mi amiga es abogada.
Los hijos, creo, son un tema sobredimensionado.
No todo el mundo necesita tenerlos.
No creo que haya mucho más que decir al respecto.

A los 18 me mudé a Buenos Aires para estudiar una carrera universitaria. Tenía vocación para las matemáticas, el cine y las letras, pero estudié Turismo. Todavía me pregunto por qué. Cinco años después obtuve al mismo tiempo un título de licenciada y una confusión tan grande como el iceberg que hundió al Titanic. Mis padres no se mostraban dispuestos a mantenerme, y ahora que ya no estudiaba tenía dos opciones: trabajar o casarme y ser una señora en relación de dependencia. Tenía un novio, pero preferí buscar empleo. Conseguí un trabajo de nueve a cinco en una agencia de viajes. A los seis meses decidí que había estudiado la carrera equivocada y que me deprimía venderles viajes a los demás: la que tenía que viajar era yo. Además, quería escribir.
Renuncié.

Fue mi etapa de caída libre sin paracaídas en La Vida Real y el aterrizaje casi me mata. Tenía 21 años y creo que enloquecí.

Conseguí un empleo de vendedora en Cacharel.

Vendí tres tapados, me sentí miserable desde la hora del almuerzo y me escapé sin reclamar ganancias. Esa misma semana entré a trabajar en una óptica y el dueño, un señor encantador, me dijo: “Hija, vos estás para otra cosa”.

Decidí que tenía razón, hice mis valijas, cerré mi departamento y volví a Junín, donde terminé siendo cajera de un autoservicio. Me concentraba en dar bien el vuelto, le ponía precio a la mercadería y no podía parar de preguntarme “¿Para esto nací?”. En mis ratos libres escribía cuentos y pensaba que todos debían sentirse destinados a algo más importante pero tenían que conformarse con marcar latas de tomates: yo no tenía por qué ser la excepción.


La Vida Real era una pesadilla. Entonces hice mi gesto heroico de la década: volví por un par de días a Buenos Aires y, sin conocer a nadie del mundo periodístico, dejé unos cuentos cortos en la recepción de Página/12 a nombre de Jorge Lanata. Tenía esperanzas de que los publicaran en el suplemento Verano/12. Dos semanas después, papá me despertaba a gritos porque en el Página de ese día habían publicado uno de mis relatos en la contratapa, donde solían firmar Juan Gelman y Osvaldo Soriano. Llamé y me pasaron con el mismísimo. Fue como hablar con San Martín. A los tres o cuatro meses, y sin saber quién era yo, el hombre me ofreció trabajo en Página/30. Acepté, claro. Me recibió en su oficina y me dijo: “Andá y defendéte como puedas. Por lo demás, y en cualquier ámbito, cuando te cierren las puertas no las golpees: tirálas abajo a patadas”. Desde ese día no lo vi más, salvo alguna excepción impersonal que no cuenta. El oficio no fue fácil al principio. Para ese mundito intelectual yo no dejaba de ser la chiruza tímida que llegaba del interior; el paracaidista gaucho. Alguien sobre quien pesaban todo tipo de sospechas: por qué estaba ahí, a quién conocía, hija de quién era, espía a sueldo de cuál. Pero que yo fuera mujer era un detalle: daba igual. Siempre hay alguien que supone que se ganó el derecho a entrar en tu cama por pagarte el café de máquina del pasillo, pero ésos son ripios muy menores. En lo que verdaderamente cuenta, el mundo laboral se dividió para mí en “notas que me interesan” y “notas que no estoy dispuesta a hacer”. Por lo demás, hice lo que me enseñaron en la única clase de periodismo que recibí en mi vida: me defiendo como puedo y pateo hasta que se caen las puertas que no se abren. Pero ni entonces ni ahora creí que esta fuera una fórmula sólo apta para mujeres. 


Todos hemos hecho cosas de las que nos arrepentimos. Yo, una vez, escribí un artículo sobre mujeres en el rock. Cuando llamé para proponerle una entrevista, Celeste Carballo, sin conocerme y por teléfono, gritó que periodistas como yo hacían que la música hecha por mujeres continuara siendo música de gueto, que nunca iba a participar en una nota tan miserable y que, además, me instaba a que renunciara ya mismo a la redacción y publicación de semejante engendro. No le hice caso. Encontré muchas bajistas, cantantes y guitarristas que tenían bastante para decir acerca del costado machista del Mundo Rock. La nota se publicó, y yo no tardé mucho tiempo en entender que me había equivocado y que la Dama Celeste tenía razón. Nunca más hice eso: retratar mujeres en ámbitos varoniles como una novedad de zoo.

Hay formas muy sutiles de discriminar. Mi nota sobre las mujeres del rock fue una.

La pelirroja era divertida, artificiosa y se burlaba de su propia compulsión al consumo de ropa y horas de peluquería. Era un mujerón, ladina y astuta, sabía conseguir lo que quería y simulaba lo que no tenía con afeites tramposos. Por ser amigas, no podíamos ser más distintas. Ella era un canto al engaño y yo, de chica, había querido ser un cowboy para no tener más pertenencia que mi caballo; manicura, pedicura y cosmetóloga son tres deidades que ignoro y a las que ella les dedicaba semanal pleitesía. La dejé de ver cuando se puso tetas. Un día me llamó, me dijo tenés que venir a ver cómo me quedaron, fui y me esperaba con dos vasos de vino, media pizza y una teta, vendada, en cada mano.

—Tocá, tocá —pidió.

Yo toqué, por no despreciarla y aunque la cercanía de un cuerpo femenino siempre me pone tensa. Quiero decir que no estoy acostumbrada a tocar mujeres, pero aquella noche sonreí, le toqué un poco las tetas y mientras mordía una porción de muzza dije:

—Mumm lindas. Te quedaron mumm, mumm lindas.

No la vi más —las tetas, supongo, la alejaron de mí para acercarla más a los hombres y a la peluquería—, pero todavía me provoca cierta ternura ese despliegue consciente de frivolidad. En esa exageración de la coquetería veo algo anacrónico, muy inocente y casi travesti. Algo de lo que soy incapaz pero a lo que, alguna vez, me gustaría jugar. Digamos, por un día. Digamos, mejor, por un par.

Son las siete de la tarde de un jueves de principios de julio y el taxista tiene el dial clavado en Radio 10. Chiche Gelblung, el conductor, conversa con Gabriela Acher, la actriz, y Gabriela Acher sostiene que el desencuentro de los sexos surge porque en el amor las mujeres necesitan tiempo mientras los hombres andan apurados. Que las mujeres queremos ternura y ellos sólo un poco de apretuje. Que ahora los hombres soportan una mirada crítica y, pobres tipos, se sienten disminuidos. Ellas están arrasadoras y ellos asustados, y por eso hay tantas mujeres solas.
Que me perdonen bien perdonada, pero suena a consuelo de perdedor.

El mundo masculino no está formado por un grupo de inhibidos, ni el femenino por un grupo de aguerridas. Ésta y otras definiciones funcionan bien solamente en el Reino del Lugar Común, ese lugar atravesado por chistes burdos donde los hombres siempre son desconsiderados y las mujeres histéricas. Y yo no. Me niego a agregar mi firma al pie de tanta revista femenina que define a las mujeres como esos seres a los que la depilación les duele, la menstruación les molesta y no encuentran placer más grande que reunirse entre ellas para hablar de “cosas de chicas”. No me siento parte de ese continente femenino formado por compradoras compulsivas, fóbicas al ginecólogo, temerosas de los años, necesitadas de palabras de amor después del sexo. No pienso que los hombres son todos iguales, ni que ya no hay hombres, ni quiero ni quise casarme, ni espero que me abran puertas.

No.

Me enervan las revistas femeninas que proponen cien maneras distintas de hacerle creer a él que tuviste un orgasmo y ocho fórmulas para que te proponga casamiento sin que se dé cuenta. Yo no sé qué es lo que hace mujer a una mujer, pero sé que esas cosas no te hacen más mujer: sólo te transforman en una persona desagradable.


Durante años mi pasado de chica pueblerina fue una molestia y pensé que una buena forma de aplastar esa educación prejuiciosa era jugar, sin prudencia, a todos los juegos que la gran ciudad —y el mundo— me pusieran por delante. Así, aterricé borracha en sillones no siempre conocidos, tuve amores buenos, malos amigos, amigos sensacionales, amigas descontro­ladas. Hice mucho, dormí poco, y un día paré.

No me llevó tanto tiempo darme cuenta de que en mi canasta pueblerina quedaban unas cuantas cosas agradables. Todavía hoy tejo bufandas al crochet, y conservo con orgullo mi lado salvaje que me dice que, si me lo voy a comer, lo puedo matar sin remordimiento.

Con Diego aprendí otras cosas. A necesitar poco, a ser austera y, sobre todo, a viajar de un modo en que a mí me gustaría que fuera la vida, siempre. Lenta, amenazadora, a veces incómoda, extrema: un animal de lujo. Hace rato que supongo que las cosas que importan —la bravura, la serenidad, la conciencia de la precariedad del mundo, la hidalguía, la dignidad, la elegancia y el coraje— no son patrimonio exclusivo de mujeres ni de hombres, y en esos viajes puedo ser valiente, noble y serena. Como la vez de la tormenta. Era una tormenta en la montaña, en un país lejano. Lluvia a mares y una niebla empeorada por el humo de la quema. Diego y yo viajábamos en camioneta por la frontera entre dos países: Myanmar y Tailandia. El camino era cornisa, un jabón. En una curva inclinada con precipicio al fondo la camioneta se descontroló. Diego pudo frenar a centímetros del barranco, pero sabíamos que, cuando pusiera un pie sobre el embrague, la camioneta podía resbalar y mañana seríamos tapa de diario, llanto de familias o, con suerte, carne de hospital. Pero no dijimos nada.

—Ponete el cinturón —masticó alguno de los dos.

Diego puso primera, soltó el embrague, la camioneta se sacudió como un yacaré y empezó a bajar, a resbalar, a bajar, a resbalar. Cuando llegamos al llano, ni él ni yo dijimos nada. Nos pusimos ropa seca, y seguimos viaje sin otro comentario que una puteada diluida porque nos agarraría la noche. Llegamos a una ciudad, conseguimos un hotel y nos dormimos, roñosos y sin cenar. Si él tuvo miedo, yo no lo sé. Si yo tuve miedo, él no lo sabe. Me gusta recordar ese momento: el universo detenido en un instante feroz y Diego y yo bajando la montaña, mudos, envueltos en un silencio respetuoso. Dos caballeros conservando la calma. Fingiendo que no, aunque tuviéramos pánico. Nos queremos, también, por cosas como éstas.


En el libro El camino de las damas, de Editorial Planeta (una recopilación de relatos de mujeres viajeras, realizada por Christian Kupchik), hay un capítulo en el que Karen Bli­xen —o Isak Dinesen—, la aristocrática danesa que vivió en Kenia, asegura que a lo largo de su vida tres frases le sirvieron como guía.

La primera es una sentencia latina.

Un romano necesita navegar hasta Cartago pero la tripulación se niega a embarcar porque el mar se presenta peligroso: “Entonces, cuenta Blixen, el romano les dijo: ‘Es necesario navegar, no es necesario vivir’. Me pareció muy acertada la idea, porque mientras naveguemos, estamos vivos”.

La siguiente es una frase en francés antiguo, descubierta en el escudo de armas de la familia Finch-Hutton: Je reponderay. Significa que uno puede responder y es responsable por lo que hace.

Pero la tercera, dice la dama, es la mejor. La tercera es su frase favorita. “Hace tiempo, en un puerto lejano y sin motivo aparente, me quedé observando a un barco que se alejaba. En un momento el barco comenzó a hundirse y en el medio de esa situación trágica se me reveló su nombre: Pourquoi pas? Por qué no. Desde entonces, esa expresión se quedó conmigo. Cuando la gente lo único que hace es preguntar ¿Por qué, por qué, por qué?, a mí me parece mucho más atinado preguntar ¿Por qué no?”.

Me gustaría que en mi escudo —o en mi tumba— escribieran alguna de estas frases.

Sería mejor, claro, si pudieran escribir las tres.

Wednesday, January 30, 2013

¿Por qué te gusta escribir?

La pregunta apareció anónimamente en mi perfil de Ask.fm

( http://ask.fm/lazos01, por si gustan... )

Aquí, mi respuesta:



Creo que esto lo respondí también por Twitter pero... nunca está de más expresarlo nuevamente.

Me gusta escribir porque encuentro en las letras una herramienta, no sólo poderosa, sino infinita, para la expresión humana. Pocas cosas me llenan más, que el encontrarme a mi mismo a la mitad de una frase, de un relato, de un poema, sopesando y eligiendo cada palabra hasta encontrar aquella que resulta perfecta para el fin que estoy buscando.

Las letras han llenado tanto en mi vida, que sin ellas sería una piel sin rostro ni intención. Me vería atado, inerme, silente.


No dudo de la efectividad y valor estético de otras formas de expresión, tanto en lo cotidiano como en lo que se refiere los momentos en los que entra en juego la creación-creatividad pura. La elaboración. Los génesis de lo humano que no tiene precedentes. La Creación. En todo ello inciden y participan todas las formas de expresión y traducción del alma humana. Sin embargo, encuentro en las letras el privilegio de lo simple, lo básico, lo primigenio... lo imprescindible que, por sencillo, se vuelve infinito y carece de límites. Omnipotente y omnipresente es la escritura de un hombre y de un dios, por igual.

En textos me voy habitando y voy habitando a quienes me rodean. En letras soy, en letras camino y juego. En letras logro tocar a las personas mucho más allá de la piel. En letras encuentro destino y abrazo. En letras, rutas de escape y laberintos para todos los sentidos.


En letras.

Tuesday, January 22, 2013


El poder del perro

Por Neil Gaiman
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El 30 de abril de 2007, rescaté a un perro al costado de la ruta. Por aquel entonces escribí: “Camino a casa, manejando bajo la lluvia, cuando salí de la autopista para ir a casa, vi a un perro blanco, grande, en la banquina. En un par de segundos pasé de pensar ‘está paseando y sabe exactamente lo que hace’ a repensar ‘está absolutamente aterrado e incluso si no está perdido tiene miedo de los autos y en peligro de lanzarse a la autopista’.

Paré, crucé la ruta y me acerqué adonde él estaba. Se alejó, arisco y nervioso, y después se me acercó, temblando. No tenía collar ni identificación, nada más una cadena alrededor del cuello. Y era grande. Y estaba muy húmedo y sucio de barro. Mientras pasaban los autos, decidí que lo más inteligente sería subirlo al mío y pensar qué hacer. Abrí la puerta y él se trepó. El auto era un Mini y él ocupaba la mayor parte del espacio, incluso de mi espacio. Un perro grande, un auto chico.

Llamé a mi asistente Lorraine y le pedí que le dijera a la Sociedad Protectora de Animales que les llevábamos un perro. Volví a casa, corrí por el jardín con Perro hasta que me cansó. Después lo cargué en un auto más grande y lo llevé a la Sociedad Protectora de Animales, donde se maravillaron con él. ‘Creo que es una cruza de husky y lobo –dijo la señora que lo recibió–. Probablemente también sea un sobreviviente’.

Llamó unos días después. Me dijo que el dueño del perro, un granjero vecino, lo tenía encadenado en el patio y no lo sacaba a pasear porque tenía un problema y apenas podía caminar, pensaba que el perro era una molestia, que siempre quería escaparse e irse a la autopista y que tarde o temprano causaría un accidente y que, cuando la señora de la Sociedad Protectora de Animales le dijo que la persona que lo había encontrado parecía estar encariñada con el perro, el granjero dijo que, si quería, podía quedármelo.

Así que fui a buscarlo y me lo quedé.


En la granja, con la cadena, se llamaba Buck, pero no respondía a ese nombre y nunca nadie lo había llamado así, al menos por lo que yo pude comprobar. Lo llamé Cabal, como el perro blanco del Rey Arturo, que podía ver el viento, y pareció gustarle tener un nombre al que poder responder.

Yo nunca había tenido un perro. Creo que él nunca tuvo una persona. Y nos contectamos. En los siguientes seis años, los dos cambiamos y los dos crecimos.

Mi casa en el Medioeste tiene 6 hectáreas de bosque. Redescubrí todo ese bosque y sus claros. Tuve un amigo en un momento en que necesitaba a uno, y mucho: en esa época estaba muy solo. Me había separado de la mamá de mis hijos, Mary, hacía cuatro años, y ella se había ido, y la casa estaba muy vacía. No tenía a nadie en mi vida, nadie a quien sintiera propio.

Recibí amor sin cuestionamientos de Cabal. No un amor servil. Cuando salíamos de caminata, él parecía muy seguro de estar al mando –después de todo, era más rápido, podía oler cosas y tenía una idea mucho más clara de cómo funcionaban las cosas en el bosque.

No le tenía miedo a nada, salvo a las tormentas. Y a los ascensores.


Eramos una extraña pareja, los dos fascinados y deleitados con el otro. Los dos protectores. Se interponía entre los extraños y yo; se movía sólo hasta el límite de donde yo podía verlo y se quedaba ahí; estaba determinado a mantenerme a salvo de los gatos, a pesar de que yo tenía varios gatos y tuve que dividir la casa en Territorio de Perro y de Gatos (y no creo que nunca se haya dado cuenta de que era por su propia seguridad, no la de los gatos).

Algunas personas decían que nos parecíamos y muchos llegaron incluso a querer probarlo.

Amanda dice que me enseñó a amar. Probablemente tenga razón.


Siempre dormía en mi cuarto a la noche. Y después tuvo problemas para levantarse y bajar las escaleras, entonces mudé mi dormitorio a la planta baja, así él no tuvo de qué preocuparse.

Empezó a tener problemas para caminar afuera: sus patas delanteras iban donde él quería que fueran, pero las de atrás se movían de forma errática y espasmódica. Tenía tres años cuando lo encontré. Ahora tenía nueve y tenía una enfermedad degenerativa (mielopatía canina, la esclerosis múltiple de los perros). Pero siempre estaba contento, amistoso y seguía siendo capaz de correr más rápido que un humano en el bosque si pasaba algo interesante.

Tenía 9 años. Un perro grandote y viejo. Pero era mío con un amor determinado, incuestionable, y una lealtad que yo nunca había conocido.

Cuando alquilé la casa en Crambidge planeé traerlo inmediatamente. Después cuando vi el lugar, los resbaladizos pisos de madera y todas las escaleras, me di cuenta de que no iba a funcionar. Entonces decidí mudarlos en unas ocho semanas, cuando hiciera buen tiempo y pudiera mover mi oficina al jardín de invierno, y mientras tanto volvía a casa siempre que podía para estar con él y, en Navidad, con mis hijas. Estuve con él hace una semana. Pensaba volver en quince días, pasar otra quincena ahí, y ya tenía planes sobre qué cosas hacer con los perros.

Recibí la llamada de Hans anoche –él cuida la casa–, llamaba desde la veterinaria. Cabal había tenido un día normal, divertido, y de repente se puso muy enfermo. Vomitaba y le costaba respirar. Perdí el último avión y estaba por volar esta mañana para estar con él. 

Recibí otra llamada: él y Mary, la otra cuidadora, estaban llorando. Me pasaron con el veterinario, que iba a tratar de llevar a Cabal hasta el hospital. No podía respirar. El veterinario creía que tenía un coágulo en los pulmones. Otra llamada: no iba a llegar al hospital. Había tenido un paro cardíaco. El veterinario lo había revivido, pero apenas podía respirar y estaba preocupado porque tuviera convulsiones y muriera con dolor.

Y yo no estaba ahí, con él. Si hubiera estado ahí, él habría estado bien sin importar lo que le pasara. Si yo hubiera estado ahí, se habría sentido seguro para irse. Le hablé por teléfono, tratando de decir algo tranquilizador para que escuchara el sonido de mi voz, y en cambió lloré y le dije que sentía mucho no poder estar con él.

Hablé con el veterinario una vez más y le pedí que lo dejara ir.


Lloré. Amanda vino a abrazarme y lloré un poco más. Holly llamó y le dije lo que había pasado y ella lloró también. Fue tan repentino e inesperado y yo no estaba ahí cuando se fue. Y perdí a un amigo.


Estoy tan contento de haberlo conocido. Estoy tan feliz de que nos hayamos encontrado. No creo que vuelva a tener un lazo así en mi vida. Ojalá los perros vivieran más tiempo.


Kipling lo dijo mejor:


Hay suficiente tristeza en la vida
por hombres y mujeres para colmar nuestros días
Y cuando sabemos que las reservas rebosan de tristeza
¿Por qué buscamos añadir aún más?
Hermanos y hermanas les pido que reflexionen antes,
De darle su corazón a un perro, para que lo desgarre.


Podemos reflexionar todo lo que queramos. Pero el poema se llama “El poder del perro” y es un poder muy real y es, como Kipling sabía, algo bueno.


Era el mejor perro del mundo y lo voy a extrañar mucho.

Esta es la carta que el escritor Neil Gaiman dio a conocer en su blog la semana pasada por la muerte de su perro.

TRADUCCIÓN DE LA ENTRADA ANTERIOR DE ESTE BLOG, TRADUCIDA POR EL DIARIO 'RADAR', DE ARGENTINA.

The Power of the Dog. Cabal (2003-2013)

The Power of the Dog. Cabal (2003-2013):
posted by Neil Gaiman

Sometimes, these things are hard to write. And sometimes writing them saves my life. This is one of those times I'm glad I have my blog here, and it's still so hard to write...


So. 30th of April 2007 I stopped and rescued a dog by the side of the road.

At the time I wrote...

On the way home from the recording, driving through the rain, just as I pulled off the freeway to head home, I saw a large, pale dog on the side of the sliproad. I went in a couple of seconds from a first glance thought of "Oh, he's just wandering around and knows exactly what he's doing," to, on a second glance, "He's absolutely terrified and if he isn't actually lost he's really scared of all the cars and in danger of bolting onto the freeway," .
I pulled over, crossed the road and hurried across to where he was. He backed away, skittish and nervous, then came over to me, shaking. No collar or information, just a choke chain. And big. And very wet and very muddy. With cars going past, I decided the wisest thing to do was to put him into my car while I figured out what to do. The car was the Mini. I opened the door and he clambered in. The dog took up most of the Mini that I wasn't in and a fair amount of the Mini that I was in. Big dog, small car.
I phoned my assistant Lorraine, and asked her to let the local Humane Society (really nice people with a no kill policy) know we'd be coming in soon with a dog, then I drove home, narrowly avoiding death on the way (it's amazing how much you can't see when a huge dog fills the car and your field of vision). I ran around the garden with Dog until he'd tired me out. (I really hope he'd just got lost, and his family are looking for him; it would be hard to imagine someone abandoning a dog that cool.) Then I put him into the back of a car much bigger than the Mini and took him to the Humane Society, where they fawned all over him. ("I think he's a husky-wolf cross," said the Humane lady who took him, and she could be right.)
I think he's probably a survivor too.



And that was what he looked like when he climbed into the Mini.


I seem to have acquired a dog.
I got a call today to say that the owner of the dog I found on Monday had called the Humane Society and collected him. I was happy Dog was back with his family, but found myself rather sadder than I would have expected -- I realised I'd half hoped that maybe no-one would claim him.
The call went on to say that the dog's owner, a local farmer, who kept him chained up in the yard, and couldn't walk well so couldn't walk him, thought the dog was a nuisance, always getting out and heading onto the freeway and sooner or later he'd cause an accident, and, when the Humane Society lady mentioned that the person who found him rather liked him, he told her that if I came over and picked him up I could have him.
So I did.

It took a long time before he was actually white around the neck and chest. The grey of the metal chain had stained his fur grey.

He'd been named Buck, in the farmyard, on the chain, but he didn't respond to it, and hadn't actually been called Buck by anyone, as far as I could tell. I called him Cabal, after King Arthur's white dog who could see the wind, and he seemed to like having a name he could respond to.

I'd never had a dog. I don't think he'd ever had a person. And we bonded. Over the next six years, we both changed and we both grew.

My house in the midwest is on about 17 acres of woodland. I rediscovered all of those acres, and local meadows as well. I had a friend at a time when I needed one badly: I was really lonely at the time.  I'd separated from my children's mother, Mary, four years earlier, and she'd moved out, and the house was  feeling very empty. I didn't really have anyone in my life, anyone who felt like mine.

I got unquestioning love from Cabal. Not in a subservient sort of way. When we went walking, he seemed fairly certain that he was in charge -- after all, he was faster, could smell things, and had a much better idea of how things worked in the woods.

He wasn't afraid of anything, except thunderstorms. And elevators.


I took so many photos of him in the woods that someone made him his own Tumblr feed.

He was less happy in the house. Sometimes his back legs would splay out from under him. He was wary of shiny surfaces, as if he'd had troubles over the years walking on ice in his farmyard.

We were a sort of an Odd Couple, both of us fascinated and delighted by the other one. Both of us protective. He'd stand between me and strangers; he'd move just out of my eyeline, and plant himself there; he was determined to keep me safe from cats, even though I had several cats, and had to divide the house into Cat and Dog territory (and I am not certain he ever realised that that was mostly for his safety, and not theirs).

People said we looked like each other. Some people even tried to prove this.



Amanda says he taught me how to love. She's probably right.

He had trouble with his back legs -- he'd run too fast, too far, too hard, and break the leg and keep going, or rip the tendon. There were operations, one on each, a year apart.

He always slept in my bedroom at night. And then he had increasing trouble getting up and downstairs, and I moved my bedroom downstairs, so he didn't have to worry about stairs. We put a ramp in outside the house so he could get in and out without worrying about stairs.

He was having more trouble walking outside: his front legs went where he wanted them to go, his back legs wandered and lurched. He was three when I got him. Now he was nine, and had a degenerative condition (degenerative canine myelopathy -- like MS for dogs). But he was always cheerful, friendly, and still capable of out-running a human in the woods if something interesting went past.

It made him sad and lonely when I travelled, so I got Lola to keep him company. It worked. Now, when I'd return, he'd be much more cheerful. Lola adored him, and put up with me because Cabal seemed convinced I was pack leader.

He was nine years old. An old, big dog. But still mine, with a determined, unquestioning love and loyalty I'd never known.

When I rented the place in Cambridge I'd planned to bring him out immediately, then I actually saw the house, saw the shiny slippery wooden floors and all the stairs and realised that wouldn't work. The dogs were going to come out here to be with me in about 8 weeks, when it would be warm enough for me to move my workspace out into the conservatory, and in the meantime I was going home whenever I could to spend time with him and Lola (and, over Christmas, my daughters). I was with him there a week ago. I go back in two weeks for a couple of weeks, and was already planning stuff to do with the dogs while I was there.

I got the phone call last night from Hans, who looks after the grounds and the house, from the vet's. Cabal had had a normal, fun day, and then suddenly got really ill. He was vomiting and having trouble breathing. I'd missed the last plane and was going to fly home this morning to be with him while he was ill. Another phone call: he and Mary my housekeeper were with Cabal, and they were both in tears. They put me onto the vet, who was going to try to get  Cabal to the animal hospital. He couldn't breathe. The vet thought there was a blood-clot in his lung. Another call: he wasn't going to make it to the hospital. His heart had stopped. The vet had just brought him back to life, but he was barely able to breathe and she was worried about him going into seizures and dying in pain...

And I wasn't there. If I'd been there, he would have been okay with whatever was happening. If I'd been there it would have been safe for him to go. I talked to him on the phone, intending to say something calming so he could hear my voice, and instead just cried and told him I was sorry that I wasn't there.

I spoke to the vet one last time, and told her to let him go,

Photo of us by Kimberley Butler. She called it Unconditional Love

I cried. Amanda came and held me, and I cried some more. Holly called and I told her what had happened, and she cried too. It was so sudden and unexpected and I wasn't there with him when he went. And I'd lost my friend.

I thought I was all cried out, and then I heard that Lola had taken his collar from the counter top and slept with it all night, and I cried again.

So many kind emails, messages of all kinds. I'm grateful to all of them. To all of you.

I'm so glad I knew him. I'm so glad we found each other. I don't imagine I'll ever have another bond like that in my life. I wish dogs lived longer.


Kipling said it best:

THERE is sorrow enough in the natural way
From men and women to fill our day; 
And when we are certain of sorrow in store, 
Why do we always arrange for more? 
Brothers and sisters, I bid you beware
Of giving your heart to a dog to tear.


We can beware all we like. But the poem is called the Power of a Dog, and it is a very real power, and it is, as Kipling knew, a good thing.

He was the best dog in the universe and I'm going to miss him so much.



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