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Sunday, October 12, 2014

HALLOWEEN

Una entrada rapidita sólo para decir:

Halloween es una de mis épocas favoritas del año.


Por supuesto, va de la mano con el Día de Muertos, para que se ahorren los gritos de "¡¡MALINCHISTAAA!! ¡¡QUE LO QUEMEEENN!!" Ambas festividades me llenan de gusto, respeto y una emoción muy particular.

El Halloween se metió mucho en mi memoria emocional, porque viviendo en Durango, más al norte, es algo obligado el disfrazarse e ir a pedir dulces, desde mis épocas infantiles. Creo que aquí en el D.F. es algo más reciente, o no sé.

En mi casa (les iba a decir esa tan chilanga frase "mi casa que es su casa, su pobrecita casa tan suya suyita de usté", pero me niego. Luego hablaremos de eso y les pondré en claro lo ridículos que se ven diciéndola.), en los halloween pasan cosas como esta:





Y, mi hijo y yo, también hemos hecho cosas como estas:






Y ya. Amo Halloween.


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Wednesday, October 08, 2014

Un fusil de perros.

Pérez-Reverte es un escritor que me hace llorar aunque él no quiera o ni lo intente. Tiene las palabras precisas, la cadencia a punto y los temas perfectos para rebosarme los ojos de lágrimas. Esto es especialmente incómodo cuando me encuentro en el trabajo. Lo leo cuando no debo de leerlo, y entonces, debo salir al baño, respirar hondo y hacer como que no pasa nada. 

Ya sé, está mal visto que un hombre ande anunciando que lo hacen llorar las palabras de otro hombre, pero ¿qué quieren? me pasa. Además, Pérez-Reverte tiene el tino de abordar temas que me son tan profundamente afines, que con leer el título y dos líneas, el referee ya tuvo que anular la pelea por lloriqueos del contrincante del calzoncillo tricolor: yo. 

Don Arturo ama a los animales. O... bueno, no lo sé. Lo intuyo. Pero ama a los perros, eso lo sé. O... tal vez me equivoco también, tal vez no sea cierto, y yo estoy haciendo afirmaciones que rayan en la injuria, la difamación y la calumnia. Recibiré, probablemente algún día, una demanda legal por falsedad de declaraciones de zoofilia de un tercero, sin fundamentos que no residan en las letras del propio demandante. Si es así, la recibiré con la vista hacia el suelo, una sonrisa en los labios, y sin la menor intención de llamar a un abogado. Seguiré sabiendo que yo tenía razón. 

Para los incrédulos de mis anteriores afirmaciones, ya varios artículos del español pueblan las escasas entradas de este blog, así que pueden constatarlo, si esa es su decisión. Y, sin haberlo planeado, me veo obligado a incluir un artículo más, para ese acervo de pruebas. 

Lo dejo a sus ojos.


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Una superviviente



Sherlock estaba solo, como les conté alguna vez. Melancólico como Humphrey Bogart en Casablanca. Añorando, aunque no las hubiera conocido en persona, las aventuras de caza y pelea que llevaba en su memoria genética. Así que resolvimos buscarle compañera de su misma raza. Se encargó mi hija, telefoneando aquí y allá. Al fin dio con alguien que tenía un ejemplar hembra. «El problema es que nadie la quiere porque tiene un defecto en la mandíbula -dijo el dueño-. Me he desprendido de sus hermanos, y sólo queda ella». Cuando mi hija colgó el teléfono estaba llorando. «Tenemos que quedarnos con ella absolutamente», dijo. Y fuimos a buscarla. Por el camino decidimos que se llamaría Rumba. Y llegamos.

Ahorraré comentarios sobre la mala impresión que me causó el que la tenía. Su antipatía e indiferencia. Rumba andaba por los cinco o seis meses y estaba metida en un cercado minúsculo: pequeña, sola, sucia y asustada. Una teckel de pelo rizado, que apenas la tocamos se hizo pipí encima, y que al poco vomitó pedazos de un pienso inadecuado, grueso como bellotas. Mi hija volvió a llorar, y yo estuve a punto -esas veces en que respiras fuerte y miras hacia otro lado-. La perra tenía, en efecto, una malformación en la mandíbula inferior que la alejaba de los cánones de belleza canina, y quienes buscan ejemplares perfectos habían pasado de ella. El dueño, también. No me atrevo a afirmar que le pegara, pero sí que la había tratado muy mal. Era una perra insegura, temerosa, que gimoteaba y lo ponía todo perdido ante la menor presencia humana. Era obvio que tenía malas experiencias de los hombres, fueran quienes fueran. Malos recuerdos. Y que de no encontrar alguien que la quisiera, habría acabado, en el mejor de los casos, sacrificada.
Pagué la perra -ante mi comentario sobre la posibilidad de un recibo, el fulano me miró como si yo fuera gilipollas-. Y Rumba vino a casa. Al principio, Sherlock le montó una bronca de teckel y muy señor mío. Al rato empezaron a llevarse bien. Pero con los humanos fue más difícil. Al menor ruido, a la menor palabra en alto, al menor movimiento o sombra que la asustase, Rumba daba un respingo y se apartaba con el rabo entre las piernas, temerosa, escondiéndose como si esperase un golpe. Eso me hizo pensar que habría recibido más de uno. Costó mucho tiempo, mucha paciencia y mucho amor darle cierta seguridad, hacer que nos aceptase tranquila. Sherlock se subía al sofá a ver la tele y ella se quedaba aparte, en un rincón, desconfiando de todo y de todos. Ni siquiera se atrevía a comer cuando estábamos allí. Al fin, poco a poco, al cabo de semanas, se fue acercando. Fue aceptando palabras y caricias. Atenuó sus recelos y sus miedos.
Han pasado dos años. Ahora Rumba, con su graciosa mandíbula inferior inexistente, es una perra feliz. Creo. La primera en buscar caricias, la más rápida acomodándose en el sofá. La que se tumba patas arriba en tu regazo para que le acaricies la tripa. A Sherlock, como perspicaz hembra que ella es, se lo trajina como quiere. Le hace putadas enormes, que el otro -una fiera corrupia cuando algo no le gusta- acepta, resignado y bonachón. Es, y tuve varios de estos bichos a lo largo de mi vida, la perra más rápida y lista que conocí jamás. Cuando Sherlock se pone metafísico y tarda en zamparse la comida, ella se desliza en su plato como en una incursión de comando, rápida y mortal, y se lo deja limpio. Por la calle, cuando salimos a pasear y él va a lo suyo, despistado, cabeza baja, husmeando rastros y rumiando nostalgias, ella va erguida y pizpireta, alta la cabeza, con trotecillo casi saltarín. Es la primera que lo ve todo, y ladra antes que nadie: el gato, el señor que pasea, el coche que se acerca. Una noche, un jabalí despistado estuvo mirándonos en la oscuridad sin que Sherlock se enterase de nada -miraba a todas partes con cara de panoli, preguntándose qué pasaba-, mientras que Rumba había localizado al verraco, poniéndose en guardia un minuto antes. Y, por supuesto, lista y rápida como es, dando un veloz rodeo para situarse exactamente detrás de nosotros. Por si acaso.
A veces, cuando duerme junto a Sherlock en el sofá mientras veo True Detective, y observo que abre un ojo a cada ruido, atenta a posibles peligros, pienso que Rumba me recuerda a una de esas mujeres maltratadas, que a fuerza de coraje e inteligencia salieron del pozo y ahora viven una vida digna y serena, sabiendo lo que eso vale. Sabiendo las pesadillas que dejaron atrás, sin olvidarlas nunca. Conscientes de lo que vale su felicidad y su libertad. Ya no me pillarán en otra con la guardia baja, parece decir con su actitud. Lo juro. Nadie. Nunca.    
Tomado de la Sección Patente de Corso, del Sitio Oficial de Arturo Pérez-Reverte, aquí el artículo original.

IGNORAR EL BLANCO: LECCIONES DE LA ARQUERÍA ZEN



Ustedes, probablemente, hayan visto la ultrasexy fotografía que algún tiempo adornó el encabezado de mi cuenta de Twitter. Por si se perdieron de tal deleite para la vista, me permito ponerlo aquí, para su personal disfrute.




Después de este mamarracho intento de autopromoción prostitutiva, debo decirles que he practicado el tiro con arco una vez en mi vida: la que pueden ver en la foto. Pero, ya desde antes de tener la oportunidad de practicarlo, era algo que me llamaba poderosamente la atención. Puedo apuntar que, después de practicarlo aunque sea una vez, que es un deporte extraordinario. Creo que va más allá de lo que se percibe a simple vista. Llámenme romántico, o drogado, pero podría jurarles que existe una conexión, más allá de lo físico, entre el tirador, la flecha y el blanco. Cuando disparas, y la flecha da en el blanco, es casi como si ‘sintieras’ su impacto en el mismo. Muy extraño, pero muy, muy agradable.

Algún día regresaré a practicar la arquería.

Mientras eso ocurre, les dejo esto, que leí mucho antes de tener un arco en mis manos, y que tiene qué ver con la arquería, pero también con todo aquello a lo que llamamos: la vida.

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IGNORAR EL BLANCO: LECCIONES DE LA ARQUERÍA ZEN




Mi universidad, Hampshire, era conocida por tener una oferta deportiva poco común. Nuestro único equipo deportivo oficial era Miedo Rojo, el gran equipo de frisbee. El resto de nuestros deportes eran organizaciones completamente intramuros, manejados por estudiantes, profesores, o alguna combinación entre ambos, y como resultado de ello, existían algunas opciones bastante peculiares disponibles para los estudiantes curiosos. Mientras examinaba las listas de cursos durante mi primer semestre, una de las opciones atrapó mi mirada: Kyudo, el arte japonés de la arquería zen.

Tomé Kyudo por tres semestres. Lo dejé cuando comencé a pasar por asuntos personales que sentí que requerían atención, y ahora desearía no haberlo dejado porque más tarde descubrí que mis tres horas a la semana de tiempo en silencio, enfocado, con un arco y una flecha, eran una de las pocas cosas que en realidad me estaban ayudando a mantener la cordura. En retrospectiva, aprendí mucho más que sólo arquería de esas clases, pero como todas las buenas lecciones en la vida, llegué a esa conclusión hasta mucho, mucho después.

Como siempre estoy dispuesto a ofrecer consejos no solicitados a mis amigos, pienso que sería bueno compartir algunas de las lecciones que aprendí durante el tiempo en que estudié y practiqué este lento, muy enfocado, arte marcial. Algunos de estos consejos están muy vinculados con el pensamiento Zen, lo cual es de esperarse dada la manera en la que yo llegué a este conocimiento. Espero que los disfruten.



ENFÓCATE EN EL PROCESO, Y EL RESULTADO SE DARÁ NATURALMENTE.

Este es uno de los principales postulados del Kyudo. En todo el año y medio de mi instrucción en ese arte, podría contar con los dedos de una mano el número de veces en las que el maestro puso atención en el lugar o posición en el que nuestras flechas se clavaban en el blanco. El noventa y nueve por ciento de nuestra instrucción era sobre el proceso, el conjunto de movimientos que hacen al Kyudo ser lo que es. La idea detrás del Kyudo es que, si tú llevas a cabo estos movimientos de manera perfecta, el tiro aterrizará exactamente en donde debe de aterrizar. Por ello, el enfoque está en el proceso, no en el resultado, porque si el resultado no es bueno, significa que hay algo malo en el proceso. “Ignora el blanco”, solía decir nuestro sensei, “TÚ eres la única cosa que puede afectar a esta flecha.”

En la vida, si te enfocas demasiado en el resultado final, te puedes perder en el proceso que debe llevarte a ese resultado. Enfocarte demasiado en un viaje que planeaste, puede causar que te distraigas de tu trabajo hasta el punto en el que pierdas ese trabajo, que es fundamental para financiar dicho viaje. Un jinete enfocado en ganar la carrera, podría ignorar el hecho de que su caballo no está en condiciones para correr. Enfocarte en el proceso mejora tus oportunidades de alcanzar la meta, pero también te obliga a ir más despacio. La vida es un viaje, no una carrera hasta la línea de meta. Reduce tu velocidad y enfócate en el proceso de vivir, y probablemente encontrarás tus metas justo frente a ti, en lugar de pasar el tiempo persiguiéndolas.



HACER ALGO POR UNA VEZ, NO REQUIERE NADA. HACER ALGO UNA Y OTRA VEZ, REQUIERE VERDADERA MAESTRÍA.

En el Kyudo, el arquero típicamente hace tres disparos, uno detrás del otro. La idea es que, si todo es perfecto y todo se hace exactamente igual en cada ocasión, las tres flechas deberán de clavarse en el mismo lugar. A diferencia de la arquería occidental, que suele enfocarse casi de manera exclusiva en apuntar la flecha hacia el blanco, el Kyudo se enfoca casi por completo en los movimientos para preparar el disparo y la manera de tomar el arco, con apenas un mínimo de atención en apuntar hacia el blanco. La idea es que, si tú llevas a cabo los movimientos de manera exactamente igual cada vez, ni siquiera tendrás que apuntar: la flecha llegará exactamente al mismo lugar en que llegó la flecha anterior (afectándola únicamente, y de forma mínima, las condiciones del ambiente). Las aptitudes del arquero en el Kyudo no se miden por qué tan bien ejecutó uno de los tiros, sino por qué tan bien ejecutó el conjunto de sus tres tiros, incluido todo aquello lo que hace entre tiro y tiro. Hacer un disparo perfecto, podría ser cosa de suerte, pero hacerlo tres veces, requiere verdadero talento.

En la vida, suelo aplicar esto a mi definición de lo que es el éxito. Un triunfo es agradable, pero no indica que seas un maestro en lo que haces. Como escritor, ser publicado una vez no importa realmente, hasta que logras ser publicado en forma constante. Un fotógrafo amateur que está en el lugar correcto, en el momento correcto, puede tomar una foto increíble, pero lo que lo separa de un verdadero profesional es la habilidad de tomar una foto increíble en cada ocasión, sin importar el lugar o el momento. El verdadero éxito no consiste en hacer algo bien una vez, es hacerlo así cada día.



DOMINAR UNA PARTE DEL PROCESO NO SUPONE MAESTRÍA. UN MOMENTO PERFECTO NO ES LA PERFECCIÓN DEL TODO.

En el Kyudo hay una manera correcta de hacer todo. Una forma apropiada de encordar tu arco, una forma apropiada de caminar, incluso una forma apropiada de respirar. Si no haces todo de la manera apropiada, en el mejor de los casos tu disparo estará lejos del resto de tus otras flechas, y en el peor, ni siquiera le darás al blanco. Los jueces en las competiciones de Kyudo ponen atención en todo el proceso: todo, desde la postura general del cuerpo hasta la posición de la mano en el arco y la estabilidad en cada uno de los movimientos, todo está bajo escrutinio, pues se parte de la creencia en que una falla menor en alguna etapa del proceso conduce a un problema mayor al final del mismo.

En la vida, esto puede aplicarse casi a cualquier cosa. Que seas excelente para cocinar un plato en particular no te hace un cocinero excelente, así como un beso después de una pelea no significa que tu relación ha vuelto a ser como antes. Ten cuidado de que, el ser exitoso en un área, no te haga suponer que ya lo eres en todo tu proyecto, de trabajo o de vida. Con frecuencia, el éxito en una parte es tan sólo el primer paso de los muchos que tendrás que dar para llegar al final.



SI NO DAS EN EL BLANCO, EL BLANCO ESTÁ MUY LEJOS. MUÉVELO.

Los arqueros en Kyudo usualmente comienzan a disparar con el blanco ubicado a menos de 3 metros de distancia (tres pasos). Si los disparos no se agrupan en la misma área cercana, el arquero debe moverse aún más cerca. Sólo cuando los disparos dan
consistentemente en la misma área contigua, el arquero se mueve hacia atrás. De este modo, el arquero pasa muy lentamente de dispararle a un blanco a 3 metros de distancia, a uno que se encuentra a más de 30 metros de distancia.

En la vida, esto aplica a las metas. Es tentador decir “¡Quiero bajar 20 kilos!”. Eso suena mucho más como un verdadero logro, que decir “¡Quiero bajar 5 kilos!”, ¿no es cierto? Pero, en realidad, es mucho menos probable que logres tu meta de los 20 kilos, que tu meta de los 5 kilos. Moverte más cerca del objetivo, te permite no sólo construir tu confianza en ti mismo, sino también, construir tu maestría del proceso. Comienza con lo pequeño, muévete despacio y, eventualmente, alcanzarás tus metas.


Tengo planeado escribir algunas otras entradas acerca de las lecciones que he aprendido a través de las diversas artes marciales que he estudiado, así que ¡estén pendientes para más inspiración como esta! ¿Tú has estudiado algún arte marcial? ¿Qué aprendiste de acerca de la vida, a través de ese arte?

[La imagen del título es de LanceXiao. El resto de las imágenes en el texto, son de Martin Miranda, GhostGirl y Greg.]

Artículo traducido por Emmanuel Lazos, de su original: Ignore The Target: Lessons From Zen Archery, por Wilson Freeman, en su blog Drifting Focus.

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Un agregado mío al artículo, sería el siguiente: alguna vez leí que, los grandes maestros de este arte, llegan a hacer sus disparos con los ojos vendados. Y todos dan en el blanco. Esto, para demostrar la importancia absoluta de dominar cada movimiento del proceso. Una vez logrado eso... el blanco ni siquiera tiene que estar a la vista, para dar en el centro.