Friday, April 11, 2014

#Juevesdepoetuits: 10 de abril, 2014

Y bueno, como una manera de mantener medio alimentado a mi famélico blog y, al mismo tiempo, dejar una mínima constancia de esos #juevesdepoetuits que llevamos unos años ya haciendo en Twitter, me he propuesto trasladar los poetuits de cada jueves a este espacio.

Empecemos.


























Hasta la próxima vez. Gracias por leer.

Friday, March 07, 2014

México lindo y querido, si muero lejos de ti...

Hace meses que no me dedico a escribir nada. Pero hoy, al leer el artículo de una dama llamada Diana González, se me vinieron las letras a los dedos. El artículo en cuestión se titula: Y del oro de Cuarón, ni el brillo para su patria. Sí, SU PATRIA. Como leyeron. Os conmino a todos, mexicanos que se precien de serlo, a rasgar sus venerables vestiduras y dejarse caer rodillas en tierra para elevar el dolor de sus gargantas a los cielos. ¿Por qué, Cuarón? ¿Por qué, ¡oh! Alfonso? ¿Ponchito? ¿Qué te hicimos para que no nos mencionaras en tu discurso del Óscar? ¿En qué oscura región de tu marchito corazón comenzó a anidar el rencor para brindarnos semejante desaigre? En ese tono se desgrana, y desangra, el planteamiento de la prócer González, aludiendo a la omisión de la palabra "México" en el discurso de Cuarón en la pasada entrega Óscar. Para el que no quiera creerme, el vínculo al (mediocre) artículo, es este: CLIC

Lean y rían.

Y es que, en serio, el grado de drama juanescutiano que maneja el artículo, es para reírse. Lo triste aquí, tal vez, es que no se trata de un artículo publicado en el blog de una resentida estudiante de alguna grisácea escuela de cinematografía del país, sino de un escrito publicado en un medio que ya ha ganado cierto crédito y respeto: Reporte Índigo. No me voy a poner a analizar palabra a palabra lo escrito por ella, ni a intentar una apología del 'self-made man' o un ejercicio desvinculante de los valores patrióticos y los cinematográficos. Ni siquiera lo considero necesario: si llegan a leer el artículo, y los comentarios que le siguen, encontrarán muchos que ya hicieron eso y con mayor clase de la que yo podría lograr. 

En defensa de la objetividad, aclaro también que no soy ni seré un fanático irrenunciable de los trabajos de Alfonso Cuarón. Y no, no sé nada, NADA, de cine, pero: "Grandes Esperanzas" me pareció muy buena, aunque más por el soundtrack que por otra cosa. "Y tu mamá también" es una de las películas menos interesantes que he visto en mi vida, además de encontrarla más pretenciosa que cualquier comercial al estilo "Entonces no se puede... entonces sí se puede." En serio, me caga esa película. De los otros trabajos de Cuarón, vi solamente tres: "Harry Potter y el Prisionero de Azkabán", que me gustó bastante aunque, bueno... es Harry Potter; luego están "Los Niños del Hombre", que en realidad me aburrió, y... "Gravedad", que sí me gustó. Me gustaron 3 de 5 y hasta ahí.  


Habiendo aclarado lo anterior, ¿qué hay qué decir, entonces, sobre el comentario de la dama que se pregunta por qué Alfonso Cuarón fue tan egoísta, 'malinchista niño bien', revanchista e hijo de la chingada (así lo dice, léanlo), que no la mencionó a ella con nombres y apellidos, así como a todos los mexicanos? Bueno, hay qué decir que es una imbecilidad digna un Óscar. Pero ¿para qué argumentar, si ahí está la historia? Pues sí, en lugar de argumentar, mejor relato. Les cuento que los norteamericanos, entre otras virtudes, tienen la de registrar muchas de las tonterías que hacen por diversión. Existe, entonces, en el sitio web de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, una base de datos que permite buscar fácilmente TODOS los discursos de aceptación del Óscar, que se han dicho como desde 1940. En menos de dos minutos, encontré los discursos de aceptación de todos los galardonados con el Óscar a Mejor Dirección. No leí todos, pero sí leí todos los de los directores extranjeros, es decir, los no-norteamericanos, hasta 1980. Sí, tampoco iba a seguirme hasta 1940, oigan, hay que hacer como que uno trabaja.

Así que, con la idea de encontrar cuáles son los usos y costumbres de los directores extranjeros cuando reciben ese galardón, aquí se los voy listando, para que tengamos un parámetro que nos permita determinar cuál es el grado real de maldá, malinchismo y desarraigo de nuestro flamante director oscareado, Alfonso Cuarón. 


Comienzo del más antiguo al más reciente:

Año: 1983
Galardonado: Richard Attenborough
Nacionalidad: Inglés
Película: Gandhi

Pues no, don Richard... perdón, SIR Richard, no mencionó a Reino Unido, Gran Bretaña, Inglaterra o, cuando menos, Londres. Mencionó a India. Imagino la cantidad de personas que lo abuchearon a su llegada a su país natal. Inaceptable. 


Año: 1985
Galardonado: Milos Forman
Nacionalidad: Checoslovaco (de cuando Checoslovaquia existía... hoy no sé si sea Checo, o Eslovaco)
Película: Amadeus

El buen Milos tampoco hizo una dedicatoria de su premio al gran pueblo checoslovaco ni nada por el estilo. Mencionó, eso sí, su orgullo por: "esta gran película americana, en la que colaboraron muchos técnicos y artistas checoslovacos". Y eso fue todo, en lo que a amor patrio se refiere.


Año: 1988
Galardonado: Bernardo Bertolucci
Nacionalidad: Italiano
Película: El Último Emperador

Pues nada, tampoco dedicó un carajo al pueblo italiano. Se dijo italiano y europeo, para referir que siempre había visto muy lejanos esos premios llamados 'óscar'. Se dijo víctima de esa súbita fama que le acarrearon sus nueve nominaciones y... habló de su colitis. Agradeció, eso sí, al gobierno...

... de China. 

No al de Italia. No a los italianos. A China, pues ahí hizo la película. ¿No hay lógica en ello? ¡No! ¡No la hay! Debió agradecer a los italianos y dedicarles su premio... ¿no es un deber patriótico hacer eso? 


Año: 1996
Galardonado: Mel Gibson
Nacionalidad: Australiano
Película: Corazón Valiente

Freeeeeeeeeedoooooommm! gritó el actordirectorproductor en el momento climático de la película con la que se ganó el Óscar. Y sí. Se liberó. Dijo su discurso, que también estuvo libre, libre de toda mención al pueblo australiano, o a Australia. O de algo remotamente patriótico. Agradeció a la gente, con nombre y apellido, que él consideró como la más relevante para lograr su película. Agradeció a su familia. A Dios. Y adiós. No dijo más. 


Año: 1997
Galardonado: Anthony Minghella
Nacionalidad: Inglés
Película: El Paciente Inglés

Estos ingleses con un caso. ¡Unos despatriados, por dios! Miren, no son ni para cantar el himno nacional en el escenario, como seguramente debió hacerlo Cuarón. Nada. Minghella agradeció a su gente, a su familia, al staff de la película. En fin. Pero de la tierra que lo vio nacer, ni sus luces.


Año: 1998
Galardonado: James Cameron
Nacionalidad: Canadiense
Película: Titanic

Pues los canadienses tienen fama de ser extremadamente nobles, educados y corteses. Pero, con todo y eso, este Cameron también se olvidó de la patria. Igual agradeció a actores, productores, staff, familia, amigos... y ya. No se bañó en miel de maple, porque toda la miel la puso en la película. Y, además, porque de seguro también es un malinchista. 


Año: 2000
Galardonado: Sam Mendes
Nacionalidad: Inglés
Película: Belleza Americana

Bueno, de entrada aquí todo se presta a la confusión. El premiado durante el año 2000 fue Sam Mendes. ¡Mendes! ¿Me comprendes, Mendes? Este debe ser mexicano. A huevo. ¿Cómo puedes apellidarte Mendes y no ser mexicano? Pero... resulta que es inglés, y su película se llamó 'Belleza Americana'. ¿Y de patriotismo cómo anduvo? Pueees... les digo que los ingleses son un caso de despatriación pura. Este, ni 'Dios salve a la Reina' dijo. La única velada mención que hizo del pueblo británico, la especificó agradeciendo únicamente a la compañía del teatro Donmar Warehouse, en Londres. No al pueblo o la patria.


Año: 2003
Galardonado: Roman Polanski
Nacionalidad: Polaco
Película: El Pianista

Aquí la cosa cambió un tanto: resulta que este director polaco tenía 'ciertos problemitas' con  la justicia norteamericana, y probablemente temía que le quisieran a dar el 'óscar polaco' (el que entendió, entendió). El caso es que, con la prudencia que es aconsejable en un caso así, decidió no asistir a la ceremonia de premiación. No obstante, se llevó el Óscar. O se lo llevaron, pues. Y no hubo discurso. Menos patriotismo que eso, imposible. Las Dianas González de polonia seguramente aún se revuelcan del coraje. 


Año: 2004
Galardonado: Peter Jackson
Nacionalidad: Neozelandés
Película: El Señor de los Anillos: El Retorno del Rey

Aquí sí, brindemos un aplauso al Sr. Jackson. Bueno, uno leve. Resulta que él sí agradeció al elenco y staff que colaboró con él en Nueva Zelanda. Tal vez porque la película se hizo de principio a fin en Nueva Zelanda. No sé si eso habrá influido en su patriotismo, pero bueno, los mencionó. Y no, tampoco cayó de rodillas, con el rostro bañado en lágrimas, anunciando la grandeza de su patria y su gente, como debió haberlo hecho, pero ya hubo avance. Creo. 


Año: 2006
Galardonado: Ang Lee
Nacionalidad: Taiwanés
Película: Secreto en la Montaña

Este, pa´que vean, sí fue decente. Primero agradeció a quienes participaron con él en el rodaje de la película. Al final de su discurso, agradeció a la gente de Taiwán, Hong Kong, China. Agregó una frase en mandarín. Bonito, patriótico. Cual debe ser. 


Año: 2009
Galardonado: Danny Boyle
Nacionalidad: Inglés
Película: Quiero ser Millonario

En serio: ¿quién traduce al español los títulos originales de las películas? Ya sé que no estamos hablando de eso, pero no jodan, Quiero ser Millonario parece un artículo de Selecciones del Reader's Digest. De verdad, pudieron buscar un título que se acercara más a una traducción que hiciera justicia a 'Slumdog Millionaire'. En fin. El tema es que Danny Boyle, extraordinario director, ganó un merecido Óscar. Y agradeció. ¿A quién? Bueno, de entrada, bailó como 'Tigger' de Winnie Pooh. Agradeció a su familia, a su equipo, a los actores. Cerró agradeciendo a la gente en Mumbai (Bombay), India, lugar en el que se filmó la película. ¿Y de su patria? Nada de nada. Les digo que los ingleses son la crema y nata del desarraigo. 


Año: 2011
Galardonado: Tom Hooper
Nacionalidad: Inglés
Película: El Discurso del Rey

¿Ya se fijaron cuántos ingleses han ganado óscares al Mejor Director en los últimos 25 años? Pues no son pocos. En fin. El caso es que el Sr. Hooper tampoooco agradeció, dedicó la faena o mencionó en modo alguno a su patria. Fue políticamente correcto, felicitó a los demás nominados, agradeció a los actores y colaboradores de la película, y relató la anécdota de cómo su madre, australiana, fue quien le dio la idea de hacer esa película, y le dedicó la estatuilla. Es todo. 


Año: 2012
Galardonado: Michel Hazanavicius
Nacionalidad: Francés
Película: El Artista

Y bueno, Michel Hazanavicius, emocionado, agradeció a los actores, productores... y hasta al perro. Sí se acuerdan del perro, ¿verdad? Imagínense, le dio las gracias hasta al perro... y a Francia ni la mencionó. ¿Cómo puede permitirse eso? El pueblo francés debió meterlo a Spandau en cuanto puso un pie de regreso en su patria.


Año: 2013
Galardonado: Ang Lee
Nacionalidad: Taiwanés
Película: Una Aventura Extraordinaria

Nuevamente, repitió Ang Lee. Y repitió su dosis de decencia. Agradeció a los actores, al staff y, claro, a Taiwán, en especial a la ciudad de Taichung. Cabe también apuntar que... ahí rodó la película.  No sé si tenga que ver. Pero de que es patriota y bueno, lo es. No como otros cuarones que andan por el mundo.


Y el que siguió, todos lo sabemos, fue Cuarón. 

Quince discursos. Catorce directores. Uno de ellos, Milos Forman, agradeció a los compatriotas que trabajaron en su película, aunque no fue filmada en su país. Otro, Peter Jackson, también mencionó a sus compatriotas, pero la película sí se filmó en su país. Sólo uno hizo gala de patriotismo, dos veces, y mencionó a su país en sus dos discursos, pese a no haber filmado ahí una de las dos películas. Ang Lee. Uno.

¿Cuál fue el pecado de Cuarón? En su discurso, agradeció a varios mexicanos con nombre y apellido: a su hijo, al Chivo Lubezki, a Alejandro González Iñárritu, a Guillermo del Toro... dijo unas palabras en español, que aún no aparecen traducidas en el sitio de los óscares... en fin. Pero no dijo: "este Óscar va para México y todos los mexicanos". 

Mi pregunta es: ¿por qué tendría qué haberlo hecho? La película es una co-producción Británica-Estadounidense. Fue rodada en el Reino Unido. Los mexicanos que colaboraron de manera más relevante en ella fueron apropiadamente mencionados en el discurso. Incluso, mencionó a algunos que no participaron directamente. ¿Qué más tenía que haber hecho Cuarón para que la dama de Reporte Índigo y tal vez algunos otros mexicanos no lo consideren un malinchista malagradecido? No lo sé.

Debo decir que, al final del artículo de Diana González, se percibe un guiño de perdón, apología, reconocimiento o algo parecido hacia Cuarón, y una suerte de crítica hacia México y los mexicanos. Lo celebro y reconozco, pero... el resto del artículo se deshace en frases y calificativos que van completamente en sentido contrario. Perdón pero... si la intención era hacer una defensa de Cuarón por la vía de la psicología inversa o la ironía retórica... no lo logró. Vuelvo a referirme a la cantidad de comentarios en contra del mismo y encuentro algo que he visto muchas veces al escribir por trabajo o por hobbie: si lo que escribiste no se entiende como tú querías que se entendiera, no es culpa de quien no lo entiende, sino de quien lo escribe. Si se trató, entonces, de una falla en el estilo y composición de la muchacha, la pregunta entonces iría hacia quien edita y publica los contenidos de Reporte Índigo. ¿Qué no lo leyeron? No se trata de 'una crítica atinada y objetiva a un sobredimensionado, y seguramente efímero, idolito mexicano'. Se trata de una injusta, rastrera y torpe puñalada textual a un director de cine, por la razón más imbécil que pudiera pensarse: no mencionar en su agradecimiento a un país que, perdón de nuevo, no le ayudó en nada a hacer ESA película en específico. 

Si antes de escribir y publicar eso, hubieran tenido el cuidado de leer la breve rueda de prensa que tuvo Cuarón tras bambalinas, hubieran encontrado a un tipo diferente al que describen en su artículo. O al menos así lo percibo. Entre preguntas y respuestas, Cuarón reitera que la película no es mexicana, pero también declara con orgullo su origen mexicano y, especifica: chilango. Afirma que quiere ver más trabajos de películas mexicanas, hechas por mexicanos, en locaciones mexicanas. Para acabar pronto, menciona a México y los mexicanos, como 15 veces. ¿Qué más hacía falta?

¿Hubiera sido bueno que Cuarón se viera tan patriota como Ang Lee en su discurso de aceptación? Tal vez. ¿Era imprescindible? No. ¿Es justo llamarlo malinchista, revanchista e hijo de la chingada por no hacerlo? Definitivamente no.

Comencé diciendo que no admiro todos los trabajos cinematográficos de Alfonso Cuarón. Pero "Gravity", sí. Y el reconocimiento que por ello ha recibido, me enorgullece como mexicano. Llámenme sentimental, pero así es. 

No voy a caer en la gastadísima metáfora aquella de los mexicanos y la cubeta de cangrejos. Pero, en serio... si no lo aplauden, cuando menos no lo jodan. 

Sé que el artículo de Reporte Índigo no representa el pensar y sentir de México, ni de la mayoría de los mexicanos. Vaya, creo que tan solo manifiesta la indisposición hepática de un grupo de trasnochados que se puso tras un teclado en un mal día, para escribir y publicar un sinsentido. Pero me hizo pensar que, si en México nos dedicáramos más a trabajar por alcanzar el reconocimiento del mundo haciendo bien lo que nos apasiona, tal vez dejaríamos de aspirar a una 'grandeza colectiva' alcanzada por logros ajenos y, entonces, podríamos empezar a pensar en ser un mejor país, sin esperar que nadie nos dedique nada.


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Nota: Si alguien, alguna vez, quisiera buscar discursos de aceptación del Óscar, ya sea para responder a un inútil derrame de texto como el que se publicó en Reporte Índigo, o por pura diversión, el vínculo es este:



Friday, September 13, 2013

El México del Siglo XXI

Bueno. Nuevamente hace demasiado tiempo que no vengo a vaciar letras a este blog. Parece que eso de mi organización espacio-temporal no está en plena forma, ni lo estará a juzgar por mi comportamiento de los últimos 37 años.

Sin embargo, mi pecho no es bodega. Traigo una serie de cuestiones atravesadas con respecto a los 'sucesos que han conmovido a la opinión pública y el mundo magisterial' durante las últimas 5 ó 6 semanas.

Sí. Eso.

¿Otro imbécil hablando de política y los maestros? Bueno. Sí. Y no. Debo decir que durante este tiempo en el que el tema se ha convertido en asunto nacional, he escuchado muchos argumentos en pro y en contra de las acciones que han tomado, tanto los maestros como los representantes del Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo.

Y, con toda la honestidad que me cabe en el cerebro, puedo decir que no encuentro mis ideas como vinculadas a lo político, sino más bien, a lo ciudadano.

Comencemos con el asunto de las famosísimas reformas: ¿son buenas o no? La verdad, creo que son necesarias. Desde hace muchos años, de hecho, lo eran.

¿Es una "Reforma Educativa" realmente? No. No lo creo. Ataca ciertos vicios del sistema de educación, pero tiene que ver más con las condiciones laborales de sindicatos y confederaciones de maestros que POR DÉCADAS, al tiempo de tener un sueldo muy bajo y condiciones de trabajo realmente precarias, también han apoyado a líderes sindicales que han vivido en condiciones de absoluto privilegio. En serio. Dejando a un lado el asunto de la venta y herencia de plazas laborales, que es totalmente real, lo que ocurrió por siglos es que sólo por el sindicato y a través de su sagrada intervención, se podía acceder a mejores puestos, conseguir permisos o beneficios y, por supuesto, también perder el puesto.

El principal punto que yo encuentro, ha atacado esta mentada reforma, es precisamente ESE: le quitaron a los sindicatos el poder de decisión sobre sus agremiados. Hoy, nuevas instancias, no sé si más o menos corruptas que ellos, han entrado al juego. Y eso, aunque digan otra cosa, les afecta, porque pierden poder.

El argumento que, hasta el momento, NADIE ha sabido responder es: si tanto se ha dicho que 'la lucha' es por mejorar sus condiciones laborales... ¿por qué comenzaron a luchar hasta ahora si las condiciones laborales de los maestros han sido pésimas durante las últimas CUATRO O CINCO DÉCADAS? ¿Por qué, justamente, cuando se les quita la injerencia sobre la permanencia o promoción de los agremiados en sus plazas, se vuelven locos y protestan con toda su fuerza, pero... sin decir eso? He leído los discursos, desplegados periodísticos y pliegos de los maestros que protestan, y ninguno menciona el punto. Se menciona 'la lesión a sus derechos laborales' se menciona 'la privatización de la educación' se menciona 'la neoliberalización impuesta del país'... y, ninguno de esos argumentos se sustenta.

Esta falta de sustento en los argumentos me lleva a otro tema. A la falta, también, de argumentos, por parte de los priístas y de quienes se encuentran en el Gobierno Federal. Hasta la fecha, he visto puros anuncios de un guerito arrastrando niños por las paredes hasta un verdísimo e idílico campo, he escuchado discursos que hablan vagamente de lo importantes que son estas reforma pero no he visto a ningún priísta o funcionario del gobierno sacar un BUEN DESPLEGADO debatiendo punto por punto cada uno de los más sólidos que sí se han puesto en la mesa por parte de los maestros, ni desmintiendo los más desaforados y fantasiosos que han elaborado.

Sé que los argumentos existen, porque los escuché y los vi durante los debates que tuvieron lugar. Y sin embargo, o yo no me enterado de respuestas contundentes por parte de quienes promovieron esta reforma a desplegados bastante bien planteados como el famoso de los "32 puntos para oponerse a la Reforma Educativa", de la revista Emeequis, y otros que han surgido por ahí.

Sé que no se está violentando el art. 14 Constitucional, sé que es un mito gigante que esta reforma automáticamente 'privatiza' y conduce al cobro legal de cuotas en las escuelas públicas. Y sin embargo, ya me cansé de defender cosas que, en última instancia, no son mi rollo. En otras palabras y que se entienda bien:

Estimados priístas, los ciudadanos de a pie que consideramos que algunos puntos de sus reformas propuestas son dignos de permanecer y ser defendidos, estamos hasta la puta madre de tratar de defenderlos. Nosotros no les vamos a hacer su chamba. Pendejos. 

Otra cuestión es: la vía para oponerse a dichas reformas NO necesariamente es la protesta en la calle. Esa es la vía que afecta a ciudadanos que no tienen nada qué ver, esa es la vía que induce a confrontaciones, y esa es la vía que, a todas luces, pretende la creación de mártires para justificar un movimiento.

¿Cómo que no es la única vía? Pues no. No lo es. Tres puntos muy rápidos.

1. ¿Por qué las reformas pasaron en ambas cámaras? Por el Pacto por México, que hermanó a PRI - PAN y una parte del PRD en estas reformas. Aunque, cabe decir que, al final, una buena parte las aprobaron PRI y PAN solitos.

2. ¿Qué le faltó tener a los opositores a las reformas? Legisladores. Y esto no se debió a los tan canturreados fraudes electorales. Si a la izquierda mexicana le faltan legisladores, no es por fraudes. Léanme bien: NI LA ELECCIÓN DE DIPUTADOS FEDERALES NI LA DE SENADORES, DURANTE EL AÑO 2012, FUERON IMPUGNADAS. Fuera de impugnaciones menores de forma y no de fondo, LA ELECCIÓN DE LEGISLADORES FUE LEGAL Y ACEPTADA POR TODOS LOS PARTIDOS.

¿De qué se quejan, entonces?

Claro, si la obsesión porque Andrés Manuel López Obrador fuera presidente no les hubiera ocupado la enorme mayoría de los esfuerzos humanos y monetarios que invirtieron durante el 2012, tal vez hubiesen podido intentar conducir algunos de esos esfuerzos a aumentar el número de legisladores. Pero no, lo ÚNICO relevante era que el tlatoani llegara al trono. Y he ahí los resultados.

Señoras y señores, las reformas se logran en las urnas, y teniendo legisladores para hacerlas. Si en lugar de estar ahorita jugando al revolucionario de bolsillo, se pusieran a trabajar en educar, en construir conciencia ciudadana en todos los lugares de México, podrían aspirar a tener una cámara mayoritariamente opositora, de corte de izquierda, en el 2015, en una fecha en la que, aún con las reformas ya aprobadas, casi ninguna de estas estará operando plenamente. Es decir que, esos derechos tan proclamados de los trabajadores de la educación, no se verán afectados hasta dentro de 5 ó 6 años, y eso con muchos trabajos. ¿Por qué entonces no optar por la vía de lograr legisladores?

Porque, si el pueblo, el gran pueblo mexicano, está TAN molesto, no tendrán ningún problema para lograr una mayoría arrolladora en ambas cámaras en el 2015, y derogar todas las reformas llevadas a cabo, antes de que logren afectar siquiera al 5% de los que -dicen- se verán afectados. Y esto se lograría:

a) Sin afectar a los ciudadanos de la Ciudad de México.
b) Sin arriesgar a los maestros a enfrentamientos con la policía o fuerzas del orden.
c) Sin afectar las labores escolares de los niños.


A menos que, claro... no tengan a tanto pueblo de su lado como dicen.


Aún me falta qué decir, pero el tiempo no me da. Con esto me quedo por ahora, para la reflexión.

Friday, May 03, 2013

Inmortales del Table Dance




Está bien. Llevo un tiempo, entre largo y eterno, tratando de incluir una entrega semanal en el blog, con el incierto nombre que ustedes han leído ya en el título.

¿Pero por qué de eso? ¿si podríamos escribir sobre el amor, la poesía, el devenir existencial de nuestras vidas, la política, la defensa de los desvalidos o la paz mundial? Bueno, la respuesta es: porque sí.

Pero explico.  Tal vez la cuestión sea pueril, vanal e intrascendente. Y sin embargo, hay puntos que, sin duda, son dignos de analizarse al abordar un tema como el del entretenimiento para adultos, en cualquiera de sus formas. Y en este caso, no me pareció tan malo referirse a aquel que tiene como principal ingrediente el baile erótico de una persona, mientras se despoja de sus ropas.

Antes de iniciar con esta profundísima disertación en la materia, aclaro unas cuantas cosas:

1.       La intención aquí NO es defender al ‘Table Dance’ como una forma de entretenimiento digna de aplauso (aunque, sin duda, se gana cientos de miles de aplausos al año…) a la luz del contexto social que lo motiva,  entendiendo que se trata de una actividad a la que muchas mujeres son arrastradas día con día por falta de oportunidades, o por amenazas de grupos delictivos dedicados a la trata de personas. Y sí, se sabe que en algunos casos, algunas mujeres laboran ahí por convicción propia. Pero no se trata de defenderlo y, ni siquiera, de analizarlo como fenómeno social.
2.       Tampoco, y más allá de la vertiente social antes descrita, se trata de contribuir a acrecentar ese aura de “lugar romántico-decadente por excelencia” o “inspiración de los poetas malditos”  que muchos le atribuyen al Table, o presentarlo como el “sitio de sublimación de las pasiones en el que el amor se viste de realidad y pierde las excusas para, finalmente, ser lo que es realmente: una transacción.” No. No creo en ninguno de esos postulados ni los considero como defendibles, al menos para mi propio contexto y concepción de las emociones humanas y sus relaciones.
3.       No percibo al ‘Table Dance’ como la torpe excusa ni el patético sustituto al que acude el hombre en busca de ‘cariño’ y/o a sentirse ‘conquistador’ a cambio de generosas donaciones de efectivo.
4.       No me la paso en el Table. En serio.

Y ya. No se me ocurre algo más que debiese ser aclarado.


Entonces, ¿de qué se trata todo esto?


Bueno, sí se trata de algo. Del Table Dance, por supuesto, pero, sobre todo, de la música apropiada para el Table Dance.

¿Cómo que apropiada?

Digamos que… cada quién tiene sus gustos y sus juicios. Y hasta sus prejuicios. Habrá cientos, tal vez miles de hombres y mujeres que suponen que basta largarse un reggaetón cualquiera en el sistema de sonido, y que eso es suficiente razón para que una dama agite sus curvas y se vaya quitando la ropa.

Yo… discrepo profundamente de esa idea tan simple y reduccionista. Y pinche, además. ¿Cómo reggaetón?

Si bien, a la hora de ponerse cachondos no hay mejor o peor música… no hay duda de que hay atmósferas mejor creadas que otras. O, cuando menos, mejor musicalizadas.

Ante todo, hay que decir algo: una profesional del ramo probablemente se reiría hasta partirse la mandíbula de toparse con estas ridiculeces que escribo. En el table, la mayoría de los clientes demuestra muy poca exigencia en lo que a música respecta. Y en otros aspectos… probablemente también. Aunado a esta falla de origen, está el alcohol que suele consumirse en estos lugares, y que en la mayoría de las ocasiones alcanza niveles de ingesta equiparables a la cantidad de agua marina que se tragó el Titanic. Es decir, se bebe en cantidades industriales y, como en algunos sitios lo que te dan son alcoholes –literalmente- industriales, la combinación de gran cantidad + mínima calidad hace que los niveles de exigencia decaigan aún más, muy rápidamente y en todos los sentidos.

Todo este inútil párrafo anterior quiere decir que la profesional del ramo suele trabajar frente a un público que no demuestra demasiada exigencia. Creo yo. Por lo tanto, para ella ponerse quisquillosa en la selección musical, o las rutinas de danza, pudiera significar un innecesario gasto de tiempo y energía. Aunque hay casos de profesionalismo, más allá del deber, en cualquier lugar.

Pero…


¿Qué hay de la bailarina amateur? ¿O hasta del bailarín improvisado, si nos mostramos incluyentes? ¿Qué ocurre cuando una persona neófita en el tema quiere hacerle un balecillo erótico a su pareja? Es a usted, dama, señora, señorita, y tal vez hasta caballero, a quienes va dirigida esta humilde serie de sugerencias. Usted puede tomarlas o no tomarlas, pero, al final, como todo bloggero, yo me conformo con que usted se digne a leerlas.




LOS ANTECEDENTES Y EL ACERVO.

Ya. Juro que este es el último preámbulo antes de comenzar a ametrallarlos con canciones.

Hago un rápido recuento de antecedentes: hace algunos años, por razones completamente divergentes del tema, me puse a armar una lista para el iPod llamada “Inmortales del Table Dance”. Al comenzar a intentar recordar temas que pudieran ser usados como fondo musical para un baile de esta naturaleza, me topé con que no recordaba casi ninguno. O muy pocos. 

En mi intento por dar con sugerencias para alimentar mi lista, sin tener que ir a gastar el dinero y el apellido en todos los ‘tables’ de la ciudad, busqué en internet la existencia de listas, que en algún momento dado hubiesen elaborado hombres y mujeres preocupados como yo por el arte y la cultura.

Curiosamente, encontré una ausencia casi total del tema en la red. No sé cómo sea ahora, esto fue hace ya más de un lustro pero… sí me pareció una carencia casi imperdonable. La mayoría de los listados que encontré fueron en inglés, elaborados por algún gringo calientón, que ponía mucho énfasis en canciones muy gastadas y, también en canciones cuyas letras eran claramente eróticas y, en su norteamericana mentecilla, alcanzaban perfectamente a colarse en cualquier table dance y ser muy aplaudidas.

¡Oh, carencia de carencias! ¡Oh, enanismo mental del anglosajón promedio! 

¿Cómo va a ser posible que el único criterio para elegir canciones con estos fines, sea la letra? ¡Voto a la furia Chechena que…! En fin.

Debo decir que yo doy poco peso a eso de las letras. Si me dan un salmo con música lo suficientemente cachonda como para meterlo en la lista, yo lo meto. La letra me resulta lo de menos. Si me dan una que hable de amor y desamor, también. O de ira y dolor. O del tremendo contexto de desigualdad social que priva en el mundo... también. Me importa un cuerno, siempre y cuando la canción sirva para lo que yo creo que puede servir. 

¡Ah! Y volviendo al tema del reggaetón, habrá quien me lo defienda como la música más cachonda del mundo. Y sí, he visto videos de reggaetón con algunas bellezas tropicales que se contonean con un talento de infarto al ritmo de ese popular… ‘género musical’. Y además, ¿qué más teibolero que las letras de un reggaetón? “Mami yo te doy” “Mami tú me prestas” “Mami, mami, mami…”

Mami.



Es tan Edípico que lo descarto de antemano y les comento que no encontrarán aquí una sola pieza de reggaetón. A menos que alguien me convenza.


Esto me lleva a lo del acervo.

Ustedes dirán: ¿y para qué este imbécil me receta tres cuartillas de antecedente si va a sugerir una estúpida lista de 10 temas que –de seguro- ya todos conocemos?

Y bueno.



En realidad son 79.


Hasta el momento. Si ustedes tienen alguna sugerencia y al autor del blog (osea yo) le parece MUY BUENA, la lista podrá aumentar.

Pero por lo pronto, iniciamos con estas 79 canciones.

No tendré el tiempo suficiente, en esta ocasión, para listar ni siquiera las que conforman la primera categoría pero… al menos les contaré las categorías, que son 10:

  •        LAS CLÁSICAS
  •        LAS DE LOS GRANDES
  •        LAS DEL ARRABAL
  •        EL NOMBRE ES BOND… JAMES BOND
  •        EN ESPANIOL
  •        JOYAS PERDIDAS
  •        LAS QUE NO IMAGINABAS
  •        POWER BALLADS
  •        RAREZAS
  •        ROCK N’ ROLL IS KING


Y ya.

Así que… si gustan acompañarnos en este viaje, aquí estaremos, próximamente.

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Thursday, April 25, 2013

Reforma Financiera - La opinión de alguien que NO SABE.

Sí. Yo soy alguien que no sabe de finanzas. En sí, no entiendo un pito del mundo financiero. No sé qué es un CAT, siempre pido créditos por urgencias y mis tarjetas de crédito están más sobregiradas que las cuentas que no les salen ni a Javier Duarte ni a Rosario Robles. Soy la víctima perfecta de cualquier banco y/o sistema bancario, probablemente no sólo en México, sino en todo el mundo.

Sin embargo...


Hace dos días escuché al Secretario de Hacienda, Luis Videgaray, haciendo una serie de aclaraciones e intentando elaborar explicaciones (que tampoco entendí del todo) sobre la siguiente gran reforma legislativa-estructural que viene: La Reforma Financiera.

Sólo una cosa me quedó clara, ya que el Secretario hizo todo el énfasis posible en ello: se busca detonar los créditos en México. Que haya crédito. Que todos tengan acceso al crédito. Viva el Crédito. Bienaventurados los que tienen un Crédito porque de ellos será el reino de... dee... bueno. La idea es CRÉ-DI-TO. Así lo dijo el Señor Secretario.

La cosa no me suena tan mal, a no ser por lo que yo comentaba al principio: cada vez que yo tengo un crédito, mis niveles de deuda comienzan a aumentar de manera alarmante, hasta que entro en algún esquema de contingencia financiera del tipo "todo-este-año-no-tragarás-más-que-atún" y... logro pagar. Una parte.

Claro, pero yo soy un imbécil.

Mi pregunta aquí, para los que saben, es: ¿de verdad necesitamos suavizar MUCHO los esquemas de financiamiento y otorgamiento de créditos a personas físicas y morales en México? Es muy probable que la respuesta sea sí. Pero mi siguiente pregunta es: ¿y cómo generamos un esquema de créditos de fácil acceso, sin dar origen -simultáneamente- a una 'burbuja crediticia' impagable?

Yo no tengo respuestas. No conozco. Pero tengo claro que en Estados Unidos ya ocurrió. Si ustedes quieren, me pueden alegar que el fenómeno se dio 'únicamente' en el sector inmobiliario. O tal vez ese fue el más visiblemente inmerso en este esquema de créditos imposibles de cubrir. Pero... creo que todo empezó por ahí, para después afectar al sistema financiero por completo con aquellas 'gripas', y después, 'pulmonías' con las que el entonces Secretario de Hacienda, Agustín Carstens, nos elaboraba sabrosas historias de terror un día sí y otro también para que pudiéramos dormir tranquilos, en los años 2009 y 2010 principalmente.

Luego está el caso de España y... ¿Grecia?... y... ¿quién más? No sé. Ni siquiera sé si estoy en lo correcto al comparar todos estos casos.

Sin embargo, la idea de que busquemos que TODO MUNDO TENGA CRÉDITO, me espeluzna un tanto, y como tiendo a juzgar como vivo, me imagino a TODO MÉXICO ENDEUDADO. Llámenme ave de mal agüero, pero... ¿alguien recuerda esa 'mala palabra' conocida como "FOBAPROA"?

Siento como si de pronto se eligiera al nuevo primer ministro de Alemania y, por casualidad, usara un bigotillo recortado a los lados y un hablar plagado de gesticulaciones grandilocuentes. Y yo fuera el primero en preguntar:

"Oigan... ¿no se parece a...?"

Pero bueno.

Si alguien sabe algo que yo no sé, ¿me lo dice? Y, por otra parte, sería bueno también saber, ya que vamos a entrar en este esquema crediticio -o debiticio - tan incluyente, si se regulará también con rigor y cercana vigilancia el proceso al que, tal vez, llegarán las instituciones bancarias y financieras cuando empiecen a vender deuda que no puedan pagar los 'beneficiados' de tales créditos. Y, de pasada, si empresas de tan probada reputación en el rubro de calificadoras de deuda, tales como AIG, Standard & Poors o Moody's (si es que aún existen, aunque me temo que , ya sea con el mismo nombre o como filiales o 'empresas herederas' de aquel sórdido modus operandi) serán ¿vetadas? ¿excluídas? ¿controladas? de alguna manera en este esquema de 'endeudémonostodosyquealgúnotrocabrónpaguey/onuestrosnietos'.

En fin. Son mis dudas hoy.




Friday, March 08, 2013

Dos artículos en voz de mujer.


Sí, el día se presta. Nunca he sido defensor del tema feminista a ultranza. Y, sin embargo, bien se ha dicho que el Día Internacional de la Mujer no sólo es para celebrar a las damas con quienes tenemos la bendición de compartir este camino llamado vida, sino para que las propias mujeres cobren conciencia de lo que tienen, en materia de derechos y oportunidades -cuando las tienen- y de todo lo mucho, muchísimo que falta avanzar para lograr justicia y equidad, particularmente en países en los que ser mujer es una verdadera maldición, una pesadilla de la que no puede despertarse. Sin excluir, por supuesto, a nuestro país, en donde la violencia en contra de las mujeres aún no es erradicada y, por momentos, parece agudizarse. En donde sus derechos son pisoteados de maneras sutiles y brutales. En donde se respetan sus derechos, sólo si son francesas. 

Un breve y demoledor ejemplo lo tuve hace pocos días, cuando, por azares del destino, me tocó leer una sentencia específica de un tribunal de liberaciones de reclusos, de alguno de los estados de nuestra República.

El caso, en 4 enunciados:

  • Abuso Sexual, cometido en agravio de una menor de edad, por un hombre de 47 años.

  • La menor de edad tenía 6 años de edad, cuando ocurrieron los hechos. 

  • El agraviante fue sentenciado a 2 años y 8 meses de prisión, y recibió el beneficio de liberación anticipada por buena conducta. 

  • La agraviada recibió un 'pago de la reparación del daño' proveniente del delito, por la cantidad de $3,000.00 


Tan simple y asqueroso como eso. 

Imagino a cualquiera de nosotros, como padres o madres, recibiendo el 'pago de la reparación del daño', de parte de las autoridades:

"Aquí tiene, señora, la cantidad de tres mil pesos para reparar que a su niña le hayan destrozado la vida desde los seis años. Váyase tranquila, y que tenga un buen día." 

¿La mala noticia? 

La mala noticia es que este es uno de los 'casos buenos'. Uno de esos, en los que quien cometió el delito no tenía suficiente dinero como para evadir los cargos. Uno de esos, en los que la familia de la víctima pudo denunciar y llevar el proceso hasta sus últimas consecuencias. Y no, el pago y la sentencia no fueron amañados. Eso es lo que contempla la Ley

¿La buena noticia?

No la hay.

No hay buenas noticias cuando se habla de que algo así puede pasar en nuestro país, sin que se haga algo al respecto. 

Tal vez, lo único bueno es que, quienes llevaron este caso, son autoridades que sí se preocupan porque esto es lo que la Ley les obliga a hacer. Son personas a quienes conozco y admiro profundamente, y que se siguen sintiendo agobiadas por trabajar dentro de un sistema judicial para el que se dictan leyes desde curules de piel y escaños anatómicamente perfectos, que tienen muy poco que ver con la realidad. La realidad de la gente, la realidad de las víctimas, y también, la realidad de los sentenciados. 


Se los dejo para pensarlo en cualquier noche en la que no quieran dormir. 



Y ya. Yo sólo iba a poner dos artículos. Muy buenos. Léanlos mujeres. Léanlos, también, los hombres. Tal vez no sean lo máximo pero... expresan cosas, dicen cosas de esa condición que, el día de hoy, traerán a cuento tantos y tantas: el ser mujer. 
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ARTURO PÉREZ-REVERTE

Una mujer de treinta siglos
XLSemanal - 21/1/2013

Cambian los tiempos y las gentes. Cambia nuestra forma de ver el mundo y de vernos a nosotros mismos. A menudo esos cambios son para bien, y nada ha de objetarse a ellos. Otras, no del todo. No es tanto el bien que nos aportan, quiero decir, a cambio de lo que arrastran consigo. Hay cosas buenas que llevan implícitos sus daños colaterales propios. Sus estragos particulares. Y de todos los grandes cambios de nuestro tiempo, el de la situación de la mujer en la sociedad que aún llamamos occidental es, seguramente, uno de los más notables. De los más extraordinarios. He dicho y escrito alguna vez que las mujeres son el sujeto más interesante, el que mayores sorpresas aportará a este siglo XXI en elq ue aún nos encontramos, prácticamente, desayunando. En lo narrativo, por ejemplo, literatura, cine o televisión, a la hora de contar historias o plantear situaciones, la mujer es sin duda el personaje más prometedor. El que mayor juego dará en el futuro. Hablo de mujeres protagonistas por ellas mismas, enfrentadas a sus desafíos específicos, a sus territorios hostiles. A sus íntimas o públicas victorias y derrotas.

Después de tres mil años de literatura hablada, impresa o audiovisual, de La Ilíada a Mad Men, el hombre como norma de estilo, como eje narrativo, ha dado de sí cuanto tenía que dar; está más exprimido que un limón de paella. La mujer, sin embargo, enfrentada a desafíos antes inimaginables para su sexo, es cada vez más dueña de su destino, libra sus propias batallas, asedia o defiende sus específicas Troyas, se embarca de regreso a Itaca o navega con naturalidad antes exclusivamente masculina hacia la incierta isla de los piratas. Y lo que hace esa aventura tan fascinante para el lector observador es que todo esto lo realiza ella sin abandonar todavía esa zona gris, ambigua, situada entre lo que durante siglos la mujer ha sido y lo que será en el futuro; entre las viejas reglas escritas por los hombres y las que ella misma, con esfuerzo y tesón, intenta y consigue trazar ahora. Entre el instinto de supervivencia y caza autosuficiente, cada vez más firme, y el instinto de nido-útero-corazón que todavía, a veces -y en ocasiones para su desgracia-, no ha conseguido dejar atrás. O no quiere.

Sería ruin, sin embargo, despreciar a las otras mujeres; las que, sometidas durante siglos a códigos impuestos por los hombres, y considerando esas exigencias como destino ineludible y obligación, tejieron pacientes en telares, mantuvieron encendido el fuego que daba calor y vida, construyeron familias, sociedades, mundos, en torno a su vientre fértil y su voluntad tenaz y generosa. Sostuvieron, en suma, el pulso de la vida. En sociedades avanzadas como la europea y la occidental, ese modelo de mujer, esposa y madre abnegada, está en extinción, con sus ventajas y sus inconvenientes. Pero todos conocemos aún a mujeres como ésas, o tenemos memoria cercana: madres, tías, abuelas. Memoria de admirada ternura. Aquél era otro mundo, ellas no pudieron elegir, y sin embargo supieron estar a la altura moral que ese mundo injusto les exigía.

Pensé en esas mujeres admirables el otro día, cuando mi amiga Concha Fernández, de la universidad de Sevilla, con la que desde mi modesta situación de aficionado comparto el gusto por las antiguas inscripciones sepulcrales, me envió un estudio sobre el epitafio de una mujer romana de la segunda mitad del siglo II. Y mientras leía el hermoso texto grabado en mármol, pensé que éste podría, perfectamente, honrar la memoria de tantas sombras queridas que pueblan la mía y la de casi todos ustedes: mujeres ya fallecidas o afortunadamente vivas, que todos conocimos o conocemos, para las que parece escrito este elogio fúnebre: «Tú, tan grande, guardada en una urna tan pequeña (...)Intachable en su casa y de sobra intachable fuera de su casa, era la única que podía afrontarlo todo(...) Fue siempre la primera en abandonar el lecho, y también la última en irse a descansar tras haberlo dejado todo en orden; la lana nunca se apartó de sus manos sin una razón, y nadie la superaba en ganas de agradar; sus costumbres eran muy saludables. Nunca pensó en sí misma,nunca se consideró libre». Eso es todo. Pero cuando releo las líneas anteriores, comprendo que esta página la he escrito con el solo objeto de compartir con ustedes las dos frases finales: «Nunca pensó en sí misma, nunca se consideró libre». En treinta siglos de literatura y de Historia, creo que nunca nadie resumió de modo tan preciso, tan bello, tan justo y tan triste, la historia de las mujeres como la resumen esas nueve palabras.



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LEILA GUERRIERO

Me gusta ser mujer (y odio a las histéricas)
ElMalpensante.com

Pocas veces el cliché que hablaba del sexo débil ha padecido palizas como la presente. La autora no será feminista, pero su manera de ser mujer implica una cierta militancia irrenunciable.


Un día mi padre me llamó y me explicó lo de la semillita, acariciándome la cabeza como si me estuviera dando el pésame. Entendí esto: entendí que el hombre metía un brazo adentro de la mujer —no me pregunten por dónde—, y que con los dedos —que en mi imaginación tomaban la forma de una tenaza que tenía mi abuelo Elías— plantaba una semilla. El procedimiento me pareció humillante y quirúrgico, pero enseguida vi que había solución:

—Yo voy a hacer al revés, le voy a meter una semilla a un hombre.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no.

“Porque sí” y “porque no” eran dos respuestas con mucho rating en casa, pero después de esta explicación botánica mi educación sexual tuvo todavía otro capítulo. Eran las cinco de la tarde de un año en el que tuve siete años. Volvía a casa caminando con Paola, una compañera de colegio, y el grito llegó como un baldazo: dos varones de séptimo grado, desde la vereda opuesta. Paola se arreboló. Le pregunté qué quería decir lo que nos habían gritado, y me mintió que no sabía. Paré a tomar la leche en casa de mi abuela Any y disparé:

—Abue, ¿qué quiere decir “las vamos a coger”?
—Quiere decir que te quieren tocar. Es algo que te hacen los varones. Es muy feo.

A los siete años, entonces, estaba segura de cuatro cosas acerca del sexo: a) que consistía en la introducción de una semilla; b) que eso probablemente se llamara coger —yo era intuitiva—; c) que se hacía con las manos o con tenazas, y d) que era algo muy feo que hacían los varones y que las mujeres, probablemente, padecíamos.


Putas. Eran todas putas. Las que atendían al sodero en bata, las rubias, las viejas que no usaban enagua. Si caminabas moviendo el culo, eras puta. Si volvías a tu casa después de las once de la noche, eras puta. Puta era la que iba al colegio con las uñas pintadas, puta la divorciada y puta la hija de la divorciada.

En Junín, provincia de Buenos Aires, la ciudad donde viví hasta mis 17, la vida era complicada si nacías varón: había demasiadas opciones. Pero si nacías mujer era fácil. Tenías que tomar una sola decisión: eras casta o eras puta. Y si eras como yo —estudiosa, clase media, hija de padres respetables—, se descontaba que puta no, y que te ibas a casar con el himen enterito, si era posible con tu primer novio. Ahora tengo 37, vivo en Buenos Aires desde los 18, comparto casa con Diego hace 9 y me piden que escriba sobre lo que me hace mujer. Lo que me ancla del lado hembra de las cosas. Se me ocurre que a) no quiero escribir unos párrafos que pudieran someterse al título “Me gusta ser mujer”, y b) que ser mujer en Junín fue una experiencia cercana a lo vergonzante e imposible de obviar porque allí empezó todo. Yo era un dechado: 11 añitos, moralista, recatada. Mis padres no me dejaban usar tacos altos, ni polleras cortas, ni maquillaje. Mi madre me promocionaba como si yo me mantuviera alejada de las tentaciones por voluntad y no por prohibición.

—Ay, qué grande que está —decían sus amigas, y mamá completaba:
—Sí, es muy madura para la edad que tiene.

Madura quería decir que yo no contradecía sus órdenes y que, por lo tanto, nadie me había besado ni tocado y que, aunque a escondidas leyera la Justine del buen marqués y me agarrara bruta calentura, las cosas seguían bien porque nadie se enteraba. La inocencia iba primero, y no importaba mucho si era real o fingida: importaba lo que estaba a la vista. Y lo que estaba a la vista era yo, tan casta.


El sexo prometía más amenazas que el hombre de la bolsa. Entonces, era mejor no averiguar y mantenerlo lejos. Fue así hasta mis 9 o 10 años, cuando le pedí explicaciones a una amiga mayor.

—Me explicás todo, ya.
—No, me da vergüenza.

Acá había algo interesante. Le ofrecí mi juego de mesa preferido a cambio de algunas precisiones, nos encerramos en mi cuarto y me explicó. Me dio impresión. Sobre todo lo del pito. Suponía que esa cosa parecida a un tornillo, que sólo había visto en los bebés o en mi hermano menorísimo, tenía que adquirir una consistencia casi metálica. El pito pasó a ser un arma amenazante y escondida. En un baldío cercano a la escuela las paredes estaban repletas de unos dibujos como aviones con alas desplegadas y grandes soles oblongos con pestañas (unos sexos que ahora se me ocurren aterradores), pero los aviones y los soles pestañudos no se parecían a nada que yo guardara bajo la bombacha o que adivinara detrás de las braguetas que husmeaba con discreción. Tenía miles de dudas, pero pánico de compartirlas con mis amigas. Es que en mi pueblo todas éramos vírgenes pudorosas hasta el casamiento. Todas. Yo era capaz de matar por esta convicción. Así era yo. Boba. No creía en Dios pero confiaba en El Himen.


Mi amiga mayor, la que me explicó los rudimentos del sexo, tuvo cuatro hijos. Cinco años después de casarse dejó estudio y empleo para mudarse a un pueblo de dos mil habitantes donde su marido había encontrado un trabajo que lo conformaba.

No sé en qué pensó mientras se mataba. No sé por qué se mató. Sé lo que pensé cuando la vi en su cajón: que había que tener cuidado. Que después de todo, la fórmula perfecta de la felicidad (hijos, marido, la casita con césped) podía no ser la fórmula perfecta de la felicidad.

Pero yo era joven, estaba rabiosa, se había muerto mi amiga y el mundo me debía una. De todos modos, me mantuve alerta.


Es noche de martes. Diego lava lechuga. Yo corto cebollas, pico tomates, controlo una salsa. Abrimos un vino. Después de comer, cruza sus cubiertos y me dice que qué bien cocino. Que soy rebuena ama de casa. Ahora —mucha confianza y años juntos— sólo finjo que me enojo y él, que me conoce, finge que se sorprende con mi ceño fruncido. Sabe que me gusta cocinar y tener la casa ordenada, pero sabe, también, que imagino el infierno bajo la forma de las tareas del hogar como ocupación obligatoria y excluyente. Tenemos cuentas separadas, casa compartida y responsabilidades iguales. En fin: casi. Porque si bien no hay nada que sea tarea exclusiva de Diego, sacar la ropa del tendedero y guardarla en los placares es una de esas cosas que “si-no-las-hago-yo-no-las-hace-nadie”. A Diego, simplemente, no le importa ver la ropa colgada durante meses, y yo prefiero que las medias y los calzones no me arruinen la vista del balcón, de modo que una vez por semana me transformo en mi mamá, que volvía del fondo con una parva de sábanas oliendo a sol, y junto la ropa recién lavada. Cada tanto me canso y revoleo mi derecho a la igualdad, entonces Diego dice con ternura “Sí, gordita, tenés razón”, dobla un par de remeras y a la semana otra vez: ahí voy yo, juntando broches por el balcón. También soy la encargada de la sección “Comidas difíciles” (Diego es del Club del Bifecito a la Plancha, si le toca cocinar). Si llego tarde a casa, sobre el pálido desierto de la mesada lucirá, con suerte, el laguito rojo de un tomate cortado al medio. Si es Diego el que llega tarde, de guacamole para arriba, habrá de todo. Antes pensaba que estas cosas —el orden, la comida caliente, una casa agradable— tenían que ver con cierta sensibilidad femenina en la que, por cierto, me cuesta creer: tengo amigos varones que viven solos y sus casas son tan agradables como la mía y cocinan mejor que yo. Prefiero creer que son síntomas —visibles— de mi educación de buen partido: prolija, limpita y ordenada. Cosas que aprendí de mi madre: perfumar la casa con cascarita de naranja, sacar las frazadas al sol. Cosas que, confieso, me gustan.

Pero también trató de enseñarme otras que no me gustaron tanto.

En 1979 yo ni soñaba en compartir mi vida con un hombre, pero tenía 12 años y supongo que mi madre habrá pensado que era momento de hablar, por primera y única vez, de mujer a mujer.

—Nena, vos ya sabés lo de la menstruación, ¿no?

Sí, yo ya sabía. Me recordó, entonces, lo que ella creía importante: en esos días no convenía que me bañara, tomara sol o hiciera gimnasia, mirá que la Patri, la chica de la esquina, se metió en esos días en un río cordobés y le dio tremenda hemorragia. Y ni hablar de tampones.

Pero el mismísimo día de mi primera menstruación me di una ducha de dos horas y me fui a mi clase de guitarra, atenta a posibles dolores, hemorragias de hecatombe. No pasó nada. De a poco subí la apuesta. En esos días hacía más gimnasia, corría más, saltaba más alto. Mi cuerpo respondía con orgullo. Ningún espasmo. Ningún flujo imparable. Al poco tiempo descubrí que los tampones no estaban contraindi­cados para chicas vírgenes. Después de eso, el amplio fol­clo­r menstrual (no podías tomar aspirinas porque te mo­rías desangrada, había que comer remolacha porque te hacía sangre, las pastillas para los dolores menstruales te daban cáncer) empezó a parecerme muy ajeno. Me gustó mens­­truar. Aunque en el barrio era una enfermedad que había que soportar con discreción (la mamá de una amiga no se lavaba las manos cuando menstruaba: se las repasaba con un trapo húmedo, no fuera cosa...), empecé a mencionar el asunto sin pudor en mi casa.

—Me indispuse —tiraba, a la hora del almuerzo—. Ay. Me duele un ovario.


Mi padre se compadecía en silencio, mamá clamaba por discreción y mi hermanito preguntaba “¿Qué dijo, qué dijo?”, pero nadie se animaba a hacerme callar. Una mujer mens­truante era, antes que nada, una persona inimputable.


—¡¿TANGO!? ¡¿VOS!?

Preguntó mi madre en el teléfono y yo dije que sí y a ella le pareció espantoso.

—¡Esa música de viejos, qué decadente!

Mi amiga Mariana dice que probablemente tratar de explicarle a mi madre por qué por estos días Diego y yo estamos aprendiendo a bailar el tango sería como que dentro de cuarenta años un grupo de personas de treinta y pico intentara explicarnos a nosotras por qué ellos se juntan los sábados para escuchar a Menudo y Los Parchís. Es probable. De todos modos, Diego y yo estamos aprendiendo a bailar el tango, y nos gusta, y juro que no sé por qué todos en las clases se sienten obligados a subrayar con una sonrisita socarrona cualquier alusión al machismo tanguero, pero nadie que yo conozca se altera con la publicidad televisiva del pan lactal en rebanadas Bimbo.

Pan Bimbo, toma uno: en un recinto repleto de hombres, una mujer se tapa la corredura de la media antes de levantarse y caminar a sala traviesa; otra muchacha, esta vez en una obra en construcción, habla por su celular mientras, maternalmente, le calza el casco a un obrero que no lo lleva puesto. Escena final: una mujer les sirve rebanadas de pan Bimbo a sus hijos. Una voz en off —de hombre— dice: “Las mujeres cambiaron, pero siguen siendo mujeres”.

Yo no soy una “mujer en rebanadas Bimbo”. A mí no van a darme permiso para hacer lo que quiero siempre y cuando cumpla con el sacrosanto fin reproductivo.

Si le pido a Diego que mencione siete diferencias entre hombres y mujeres dice “Ninguna”, y después dice “Sí, las tetas” y después dice “No, tampoco”, pero todos mis amigos están convencidos de que una madre es más importante durante los primeros años de vida de un crío que un padre.

—Y aparte de la teta, digamos, ¿qué te parece a vos que el padre no le puede dar al chico? —pregunto.
—Muchas cosas —dice mi amigo Juan—. La madre es irreemplazable.

Cuentos chinos, digo yo. Excusas para cargarles a las chicas todo el sambenito de la crianza. Prueben, si son hombres, pedir una licencia de tres meses en el trabajo para criar. Una larga carcajada será lo que reciban.

No. Eso a nadie le parece sexista. Pero el tango... ah, señores; el tango sí. El tango es la fuente de todos nuestros males.


Un día el himen, ese pedazo de piel responsable de tanto escándalo, dejó de parecerme importante. Había leído tanto sobre sexo —en los libros que no me dejaban leer, en las revistas que se suponía que no leía— que podría haber dado clases en un burdel, virgen y todo como era. Sabía que la pérdida de la virginidad era un rito de pasaje del que los hombres se sentían responsables y al que las mujeres le tenían pavor. Decidí que no iba a permitir que nadie cargara con la responsabilidad de haber finiquitado el parchecito. No diré ni cómo ni cuándo, pero no hubo sangre. No hubo dolor. Él no se dio cuenta y para mí no tuvo la menor importancia. Fue como yo quería. Sigo pensando que las mujeres cargamos con demasiadas funciones y órganos sobrevaluados. La virginidad, la menopausia, la mens­­truación, el primer polvo, los ova­rios. Y, claro, el embarazo. Nunca quise tener hijos.

Nunca me conmovió la idea de parir. Todavía me divierte el asombro que producen las palabras “no quiero”: hay quienes elaboran un consuelo (“Bueno, ya te van a dar ganas”), ensayan sospechas (“No podrá y dice que no quiere”) o se enojan (“No podés ir en contra del instinto materno”). Mi caso es más simple. No quiero. Nunca quise. No tengo ganas. Ni siquiera pienso en eso todos los días. Diría que ni siquiera pienso en eso todos los años.


El oficio me llevó a hacer entrevistas con madres solteras, casadas, divorciadas, adolescentes. Todas recitan que los hijos te hacen olvidar las dificultades, que el único sacrificio que hace una madre es no poder estar con ellos tanto como quisiera. Tanto consenso en el lugar común termina por no querer decir nada y despierta sospechas de sentimientos algo más bajos, inconfesables. Nunca me conmovió el parto con padre al lado, ni entiendo la sacralización de las embarazadas que vuelven, por obra y gracia de la hinchazón, a ser nenas inexpertas receptoras de todo tipo de consejos: “comé yogur, comé lentejas, tomá calcio, tomá leche”. ¿A ninguna le incomoda esa condición de caballo de Troya, de envase sobre el que todos tienen derecho? Hace poco una amiga, embarazada, se quejaba porque su obstetra la obligaba a hacerse decenas de análisis que ella creía innecesarios.

—Me hace perder un montón de tiempo. Los médicos piensan que sos una persona que está en su casa tomando licuados de vitamina y esperando que nazca el baby. Las salas de espera están repletas de embarazadas leyendo elPara Ti, aburridas, resignadas, y vos mirando el reloj porque a las once tenés una entrevista con el presidente de la primera aseguradora del país por un juicio millonario.

Mi amiga es abogada.
Los hijos, creo, son un tema sobredimensionado.
No todo el mundo necesita tenerlos.
No creo que haya mucho más que decir al respecto.

A los 18 me mudé a Buenos Aires para estudiar una carrera universitaria. Tenía vocación para las matemáticas, el cine y las letras, pero estudié Turismo. Todavía me pregunto por qué. Cinco años después obtuve al mismo tiempo un título de licenciada y una confusión tan grande como el iceberg que hundió al Titanic. Mis padres no se mostraban dispuestos a mantenerme, y ahora que ya no estudiaba tenía dos opciones: trabajar o casarme y ser una señora en relación de dependencia. Tenía un novio, pero preferí buscar empleo. Conseguí un trabajo de nueve a cinco en una agencia de viajes. A los seis meses decidí que había estudiado la carrera equivocada y que me deprimía venderles viajes a los demás: la que tenía que viajar era yo. Además, quería escribir.
Renuncié.

Fue mi etapa de caída libre sin paracaídas en La Vida Real y el aterrizaje casi me mata. Tenía 21 años y creo que enloquecí.

Conseguí un empleo de vendedora en Cacharel.

Vendí tres tapados, me sentí miserable desde la hora del almuerzo y me escapé sin reclamar ganancias. Esa misma semana entré a trabajar en una óptica y el dueño, un señor encantador, me dijo: “Hija, vos estás para otra cosa”.

Decidí que tenía razón, hice mis valijas, cerré mi departamento y volví a Junín, donde terminé siendo cajera de un autoservicio. Me concentraba en dar bien el vuelto, le ponía precio a la mercadería y no podía parar de preguntarme “¿Para esto nací?”. En mis ratos libres escribía cuentos y pensaba que todos debían sentirse destinados a algo más importante pero tenían que conformarse con marcar latas de tomates: yo no tenía por qué ser la excepción.


La Vida Real era una pesadilla. Entonces hice mi gesto heroico de la década: volví por un par de días a Buenos Aires y, sin conocer a nadie del mundo periodístico, dejé unos cuentos cortos en la recepción de Página/12 a nombre de Jorge Lanata. Tenía esperanzas de que los publicaran en el suplemento Verano/12. Dos semanas después, papá me despertaba a gritos porque en el Página de ese día habían publicado uno de mis relatos en la contratapa, donde solían firmar Juan Gelman y Osvaldo Soriano. Llamé y me pasaron con el mismísimo. Fue como hablar con San Martín. A los tres o cuatro meses, y sin saber quién era yo, el hombre me ofreció trabajo en Página/30. Acepté, claro. Me recibió en su oficina y me dijo: “Andá y defendéte como puedas. Por lo demás, y en cualquier ámbito, cuando te cierren las puertas no las golpees: tirálas abajo a patadas”. Desde ese día no lo vi más, salvo alguna excepción impersonal que no cuenta. El oficio no fue fácil al principio. Para ese mundito intelectual yo no dejaba de ser la chiruza tímida que llegaba del interior; el paracaidista gaucho. Alguien sobre quien pesaban todo tipo de sospechas: por qué estaba ahí, a quién conocía, hija de quién era, espía a sueldo de cuál. Pero que yo fuera mujer era un detalle: daba igual. Siempre hay alguien que supone que se ganó el derecho a entrar en tu cama por pagarte el café de máquina del pasillo, pero ésos son ripios muy menores. En lo que verdaderamente cuenta, el mundo laboral se dividió para mí en “notas que me interesan” y “notas que no estoy dispuesta a hacer”. Por lo demás, hice lo que me enseñaron en la única clase de periodismo que recibí en mi vida: me defiendo como puedo y pateo hasta que se caen las puertas que no se abren. Pero ni entonces ni ahora creí que esta fuera una fórmula sólo apta para mujeres. 


Todos hemos hecho cosas de las que nos arrepentimos. Yo, una vez, escribí un artículo sobre mujeres en el rock. Cuando llamé para proponerle una entrevista, Celeste Carballo, sin conocerme y por teléfono, gritó que periodistas como yo hacían que la música hecha por mujeres continuara siendo música de gueto, que nunca iba a participar en una nota tan miserable y que, además, me instaba a que renunciara ya mismo a la redacción y publicación de semejante engendro. No le hice caso. Encontré muchas bajistas, cantantes y guitarristas que tenían bastante para decir acerca del costado machista del Mundo Rock. La nota se publicó, y yo no tardé mucho tiempo en entender que me había equivocado y que la Dama Celeste tenía razón. Nunca más hice eso: retratar mujeres en ámbitos varoniles como una novedad de zoo.

Hay formas muy sutiles de discriminar. Mi nota sobre las mujeres del rock fue una.

La pelirroja era divertida, artificiosa y se burlaba de su propia compulsión al consumo de ropa y horas de peluquería. Era un mujerón, ladina y astuta, sabía conseguir lo que quería y simulaba lo que no tenía con afeites tramposos. Por ser amigas, no podíamos ser más distintas. Ella era un canto al engaño y yo, de chica, había querido ser un cowboy para no tener más pertenencia que mi caballo; manicura, pedicura y cosmetóloga son tres deidades que ignoro y a las que ella les dedicaba semanal pleitesía. La dejé de ver cuando se puso tetas. Un día me llamó, me dijo tenés que venir a ver cómo me quedaron, fui y me esperaba con dos vasos de vino, media pizza y una teta, vendada, en cada mano.

—Tocá, tocá —pidió.

Yo toqué, por no despreciarla y aunque la cercanía de un cuerpo femenino siempre me pone tensa. Quiero decir que no estoy acostumbrada a tocar mujeres, pero aquella noche sonreí, le toqué un poco las tetas y mientras mordía una porción de muzza dije:

—Mumm lindas. Te quedaron mumm, mumm lindas.

No la vi más —las tetas, supongo, la alejaron de mí para acercarla más a los hombres y a la peluquería—, pero todavía me provoca cierta ternura ese despliegue consciente de frivolidad. En esa exageración de la coquetería veo algo anacrónico, muy inocente y casi travesti. Algo de lo que soy incapaz pero a lo que, alguna vez, me gustaría jugar. Digamos, por un día. Digamos, mejor, por un par.

Son las siete de la tarde de un jueves de principios de julio y el taxista tiene el dial clavado en Radio 10. Chiche Gelblung, el conductor, conversa con Gabriela Acher, la actriz, y Gabriela Acher sostiene que el desencuentro de los sexos surge porque en el amor las mujeres necesitan tiempo mientras los hombres andan apurados. Que las mujeres queremos ternura y ellos sólo un poco de apretuje. Que ahora los hombres soportan una mirada crítica y, pobres tipos, se sienten disminuidos. Ellas están arrasadoras y ellos asustados, y por eso hay tantas mujeres solas.
Que me perdonen bien perdonada, pero suena a consuelo de perdedor.

El mundo masculino no está formado por un grupo de inhibidos, ni el femenino por un grupo de aguerridas. Ésta y otras definiciones funcionan bien solamente en el Reino del Lugar Común, ese lugar atravesado por chistes burdos donde los hombres siempre son desconsiderados y las mujeres histéricas. Y yo no. Me niego a agregar mi firma al pie de tanta revista femenina que define a las mujeres como esos seres a los que la depilación les duele, la menstruación les molesta y no encuentran placer más grande que reunirse entre ellas para hablar de “cosas de chicas”. No me siento parte de ese continente femenino formado por compradoras compulsivas, fóbicas al ginecólogo, temerosas de los años, necesitadas de palabras de amor después del sexo. No pienso que los hombres son todos iguales, ni que ya no hay hombres, ni quiero ni quise casarme, ni espero que me abran puertas.

No.

Me enervan las revistas femeninas que proponen cien maneras distintas de hacerle creer a él que tuviste un orgasmo y ocho fórmulas para que te proponga casamiento sin que se dé cuenta. Yo no sé qué es lo que hace mujer a una mujer, pero sé que esas cosas no te hacen más mujer: sólo te transforman en una persona desagradable.


Durante años mi pasado de chica pueblerina fue una molestia y pensé que una buena forma de aplastar esa educación prejuiciosa era jugar, sin prudencia, a todos los juegos que la gran ciudad —y el mundo— me pusieran por delante. Así, aterricé borracha en sillones no siempre conocidos, tuve amores buenos, malos amigos, amigos sensacionales, amigas descontro­ladas. Hice mucho, dormí poco, y un día paré.

No me llevó tanto tiempo darme cuenta de que en mi canasta pueblerina quedaban unas cuantas cosas agradables. Todavía hoy tejo bufandas al crochet, y conservo con orgullo mi lado salvaje que me dice que, si me lo voy a comer, lo puedo matar sin remordimiento.

Con Diego aprendí otras cosas. A necesitar poco, a ser austera y, sobre todo, a viajar de un modo en que a mí me gustaría que fuera la vida, siempre. Lenta, amenazadora, a veces incómoda, extrema: un animal de lujo. Hace rato que supongo que las cosas que importan —la bravura, la serenidad, la conciencia de la precariedad del mundo, la hidalguía, la dignidad, la elegancia y el coraje— no son patrimonio exclusivo de mujeres ni de hombres, y en esos viajes puedo ser valiente, noble y serena. Como la vez de la tormenta. Era una tormenta en la montaña, en un país lejano. Lluvia a mares y una niebla empeorada por el humo de la quema. Diego y yo viajábamos en camioneta por la frontera entre dos países: Myanmar y Tailandia. El camino era cornisa, un jabón. En una curva inclinada con precipicio al fondo la camioneta se descontroló. Diego pudo frenar a centímetros del barranco, pero sabíamos que, cuando pusiera un pie sobre el embrague, la camioneta podía resbalar y mañana seríamos tapa de diario, llanto de familias o, con suerte, carne de hospital. Pero no dijimos nada.

—Ponete el cinturón —masticó alguno de los dos.

Diego puso primera, soltó el embrague, la camioneta se sacudió como un yacaré y empezó a bajar, a resbalar, a bajar, a resbalar. Cuando llegamos al llano, ni él ni yo dijimos nada. Nos pusimos ropa seca, y seguimos viaje sin otro comentario que una puteada diluida porque nos agarraría la noche. Llegamos a una ciudad, conseguimos un hotel y nos dormimos, roñosos y sin cenar. Si él tuvo miedo, yo no lo sé. Si yo tuve miedo, él no lo sabe. Me gusta recordar ese momento: el universo detenido en un instante feroz y Diego y yo bajando la montaña, mudos, envueltos en un silencio respetuoso. Dos caballeros conservando la calma. Fingiendo que no, aunque tuviéramos pánico. Nos queremos, también, por cosas como éstas.


En el libro El camino de las damas, de Editorial Planeta (una recopilación de relatos de mujeres viajeras, realizada por Christian Kupchik), hay un capítulo en el que Karen Bli­xen —o Isak Dinesen—, la aristocrática danesa que vivió en Kenia, asegura que a lo largo de su vida tres frases le sirvieron como guía.

La primera es una sentencia latina.

Un romano necesita navegar hasta Cartago pero la tripulación se niega a embarcar porque el mar se presenta peligroso: “Entonces, cuenta Blixen, el romano les dijo: ‘Es necesario navegar, no es necesario vivir’. Me pareció muy acertada la idea, porque mientras naveguemos, estamos vivos”.

La siguiente es una frase en francés antiguo, descubierta en el escudo de armas de la familia Finch-Hutton: Je reponderay. Significa que uno puede responder y es responsable por lo que hace.

Pero la tercera, dice la dama, es la mejor. La tercera es su frase favorita. “Hace tiempo, en un puerto lejano y sin motivo aparente, me quedé observando a un barco que se alejaba. En un momento el barco comenzó a hundirse y en el medio de esa situación trágica se me reveló su nombre: Pourquoi pas? Por qué no. Desde entonces, esa expresión se quedó conmigo. Cuando la gente lo único que hace es preguntar ¿Por qué, por qué, por qué?, a mí me parece mucho más atinado preguntar ¿Por qué no?”.

Me gustaría que en mi escudo —o en mi tumba— escribieran alguna de estas frases.

Sería mejor, claro, si pudieran escribir las tres.